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PRÁCTICA MORTAL

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Por Raúl Estrada




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11-05-2015 | ENTRADA #4
Confesiones de ingenuidad
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Octavio Paz, Gabriel Zaid, Juan Rulfo, Jaime Sabines


ILUSTRACIÓN | Fuente: ITE. | Esta ilustración está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported

En 1975, durante un ciclo de conferencias en El Colegio Nacional, Octavio Paz tuvo la honestidad de reconocer la ingenuidad poética de su juventud:

Ya era hora de que hable de lo que escribí en esos años. Hacia los quince años yo escribía poemas bastantes malos en los que decía cosas como esta: “Yo soy un hombre al que le dio el destino/ un corazón sencillo y claro;/ el azar juega conmigo al aro/ y voy rodando por cualquier camino.”

Aquellos eran los años en que Paz publicó su primer libro (Luna silvestre de 1933) y realizó algunas revistas culturales con un grupo de amigos. A veces hace falta hacer un alto en el camino para reconocer nuestros trabajos fallidos, a sabiendas de que los primeros años de juventud provocan una sensación de desmesura de la que pocos escapan (pienso incluso en Gabriel Zaid y en su joven ambición de leer todos los libros). Sin embargo, cuando un escritor comprende los límites de su humanidad se acaba su ingenuidad. Quizás el fin de la ingenuidad fue para Paz el inicio de una poesía mayor y para Zaid el no tener que leer todos los libros del mundo, pero sí todos los libros importantes de su vida.

***

Hace algunos años, al leer por primera vez El laberinto de la soledad me impresionó sin reservas la actualidad de los ensayos, pero apenas si conocía el nombre de algunos escritores: hasta llegué a preguntar si Juan Rulfo era mexicano o si Jaime Sabines aún vivía. Entre las pocas respuestas a estas y otras dudas note que las personas a quienes preguntaba citaban con frecuencia autores conocidos (con referencias a su obra o frase más célebre), pero la realidad es que muy pocos habían leído aquellos libros de los que tanto hablaban. Tal vez esa era la razón por la que los citaban, pues sus intenciones eran para beneficio propio (si parecer culto es un beneficio). Tal era el caso de artistas plásticos, narradores, poetas, promotores, burócratas culturales, dramaturgos, el vecino de al lado y el tendero de la esquina.

Aún con tantas personas auspiciadas por becas o apoyos privados, para alguien que trata de empezar a escribir o leer algún genero la búsqueda de referentes se vuelve una búsqueda de la paja entre la paja, porque la aguja de la referencia valiosa está en otro lado: a veces en tus antecesores o en la relectura de otras tradiciones.

***

Junto con algunos conocidos comencé a escribir versos. En nuestra ingenuidad disfrazamos sandeces de poesía. Alguien más ingenuo que nosotros comenzó a llamarnos poetas o escritores ¿Por qué? Aún no encuentro la explicación.

Llegue a pensar que solamente cuando alguien gana un premio se le otorga un reconocimiento como poeta. Por ello, mal orientado, concursé en varias convocatorias, acción de esa misma confusión. En realidad, cuando todo el mundo, por el simple hecho de escribir versos puede recibir el título de poeta, la designación pierde valor, y más al notar que se utiliza para designar al nieto del secretario de obras públicas, quien escribió: “Mi corazón está roto/como un celular al golpear/el suelo con tu mensaje de despedida”.

Es cierto: al ver que muchos publican empiezas a pensar que tú también eres (o puedes ser) un escritor. Quizás esa es la primera ingenuidad de un joven que aspira a convertirse en poeta: creer que ya lo es (hay personajes que pasan su vida entera con esa idea equivocada). Tal vez sí son escritores, pero no buenos.

El siguiente acto de inocencia sería, como sucede a veces, creer que se renueva una tradición, cuando en realidad el sobrante de confianza es un reflejo de la falta de lecturas. También resulta ingenuo pensar que cada libro que se consigue publicar es una hazaña que merece reconocimiento. Por último, existe entre muchos escritores la ingenuidad de creer que el lector siempre los va a entender, sin importar cómo escriban.

Paradójicamente, ahora que los apoyos a la creación propician una mayor variedad de textos y autores, disminuye la calidad de lo escrito y lo valioso se pierde entre tantos libros que nunca valdrán la tinta que se gastó en ellos.

***

Me parece que no se necesitan ya más académicos que repartan únicamente noticias sobre su vida y hablen desde sus cubículos, sin preocuparse por el diálogo público. Ni siquiera son necesarias las nuevas propuestas si buscan fines ajenos a la literatura y no están comprometidas con el lector. La necesidad urgente es elevar la capacidad de autocrítica y reconocer nuestra ingenuidad: quitarnos el título de escritores o poetas, tomar el lugar del aprendiz y ver de forma lúcida lo conseguido hasta el momento; confesarnos que tan ingenuos hemos sido a la hora de recibir menciones sin merecerlas o estar preparados para ellas. Más necesario es cultivar el sentido común, tener el compromiso de cultivar una conciencia crítica y discutir acerca de lo que sucede en nuestro tiempo con la sencillez de quien observa la realidad sin las anteojeras de los prejuicios. Preguntarse, por ejemplo: ¿Dónde estaría sin algún apoyo económico o compensación social por escribir? ¿Sería escritor? La verdad no sé en qué momento se perdió el compromiso y se empezaron a vender espejismos como realidades. Muchas cuestiones importantes se resolvieron en el siglo XX, ahora vemos los desenlaces de nuestro olvido: otra forma de nuestra inocencia colectiva. Tal vez el problema radica en una falta de lecturas o en cierta desmesura. En todo caso, es un exceso de inocencia el no ver la mucha importancia que tiene el título de poeta, título que hoy muy pocos portan con decoro.

Confieso mi ingenuidad: apenas como un aprendiz de lector preocupado por lo que muchos consideran nimiedades, ahora me doy cuenta que de que pertenezco a una generación que llegó tarde a la cita con el pasado siglo. En esa centuria se explicaron algunas cosas importantes que muchos olvidaron ingenuamente.¬



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Raúl Estrada.


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Blog de escritura colectiva. Su nombre está inspirado en un poema del escritor Gabriel Zaid.