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PRÁCTICA MORTAL

BLOG DE ESCRITURA COLECTIVA

Por Julio Romano







25-01-2015 | ENTRADA #3
VIAJE A LA BARBARIE
Etiquetas:

Diego José, Montaigne, Gilles Lipovetsky, Federico Campbell, Rafaelle Simone, Jean Baudrillard, George Orwell, Michel Foucault, Fausto, Goethe, Kublai Khan, Walter Benjamin, Arthur Rimbaud



• Diego José
Nuevos salvajismos:
la perversión
civilizada

De La Salle
ediciones.
México, 2014.
112 pp.

Bárbaro, sostenía Michel de Montaigne en su ensayo De los caníbales, es todo aquello que nos es desconocido, lo que contrasta con nuestras costumbres e ideas. Bárbaro, lo diferente. Bárbaro, el otro. Bárbaro, lo que nos invade. Los bárbaros, dice Montaigne, “pasan todo el día bailando”. Nosotros, en cambio, somos los civilizados. Siempre. Nosotros somos la idea de progreso y el avance de la técnica, la vanguardia en el arte, la realización y la cumbre de la humanidad, el máximo logro de cuanto pueda lograrse. Y no bailamos.

La nuestra es la era de la civilización, la era de los avances tecnológicos, la era en la que los dispositivos portátiles nos facilitan la vida: nos dicen dónde estamos, dónde están los demás, dónde está lo que buscamos, cómo llegar al paraíso. Nos recuerdan quiénes somos, por si se nos olvida. Es la era de la información y el entretenimiento, la era del reconocimiento y del placer fácil e inmediato, la era de la proyección y de la conquista de los espacios públicos y privados, la era de la libertad y la innovación. Pero también, como advertía con terrible precisión Gilles Lipovetsky, es la era del vacío.

A lo largo de los doce ensayos que integran Nuevos salvajismos: la perversión civilizada, Diego José explora minuciosamente algunos de los ejes en torno a los cuales gira nuestro siglo, erigidos en las postrimerías del anterior. Los disecciona con la paciencia y el bisturí del poeta que, acostumbrado a ver el mundo a través de una lente privilegiada, aventura una explicación para tantos fenómenos que no parecen tenerla.

En su breve ensayo “La atención dispersa”, recogido en Padre y memoria, Federico Campbell llama la atención sobre el fenómeno de la sobreoferta de información a que se está llegando en nuestras sociedades. Ante la imposibilidad de retenerlo todo, es preciso elegir; ante la imposibilidad de comprenderlo todo, hay que optar también entre analizar o retener fugazmente. Si la noticia es fugaz, la memoria también lo será.

Diego José aporta una nueva variable a la problemática: no sólo se trata de información, sino de imagen. Imagen en su doble acepción. La televisión se ha erigido en el imperio de la imagen, lo visual, lo que puede ser descifrado en un solo golpe de vista: el proceso de apropiación de los contenidos informativos se ha acelerado. La prensa y la publicidad se han apropiado de la estrategia: ¿Cómo llegar al consumidor (que ya no es necesariamente lector) en un solo golpe de vista? Privando al mensaje de su complejidad. El consumo es mayor, como mayor es su fugacidad, porque la mente, la memoria, tiene un límite: no se puede retener todo. Y mientras más sea aquello que se pretende retener, menos será aquello en lo que se pueda profundizar. Los espacios informativos han dejado paulatinamente de lado su vocación de difusión, transmisión y discusión de ideas (vocación muy clara en el siglo XIX) y se han inclinado más por el consumo inmediato, facilitado por la espectacularidad de lo que se anuncia.

Esa espectacularidad, esa simplificación del mensaje, se nos explica en “Turn off”, ensayo que abre Nuevos salvajismos, conlleva un menosprecio del lector-receptor. “La mediatización”, es decir, percibir la realidad a través de un intermediario, un medio, “apuesta por la cantidad que sacrifica la calidad, lo que favorece la profusión de conocimientos superficiales y la pérdida gradual del lenguaje”, advierte Diego José, siguiendo a Rafaelle Simone. El pensamiento complejo está, así, en riesgo, mientras lo esté también el lenguaje complejo.

Otro peligro de la imagen, considerada ésta en la que podría ser su acepción más peligrosa, es la ilusión, la apariencia de algo. La televisión, sobre todo la televisión, promueve modelos de vida ideales, ficticios, que el televidente, privado lentamente no sólo de su aparato crítico sino de su capacidad de distinguir entre realidad y representación, convierte en modelos aspiracionales. La televisión, señala con acierto Diego José, “ha creado la absurda idea de que la vida privada de la gente es interesante. Lo que comenzó como un diálogo y participación del público en términos de opinión degeneró en la proyección circense de los problemas sociales y en la tragicómica búsqueda de la notoriedad”. En más de una ocasión, Jean Baudrillard había preconizado los peligros de la simulación; su advertencia ahora se lee vaticinio.

Pero el afán de exhibición no sería nada sin el complementario afán de voyeurismo. ¿Quién querría exhibirse si nadie quisiera ver al que se exhibe? Es aquí donde entra en juego uno de los principales leitmotiv del libro: el control, según lo comprendía George Orwell (de cuyas fuentes abrevó décadas más tarde Michel Foucault). Si, como dice Diego José, “la intimidad de la gente es insulsa”, la televisión nos hace creer que no; y la televisión también nos hace creer que somos nosotros, los televidentes, los que nos entrometemos en la vida de los otros, encerrados en la caja, cuando es la televisión la que, a través de la mesmerización del televidente, lo controla... y lo vigila a través del rating. ¿Dónde está la gente? Viendo la televisión, dicen las cifras. Y cuando las cifras empiezan a decir otra cosa, es preciso crear otro producto para retenerla.

Si bien los límites entre lo público y lo privado dieron un primer paso hacia la disolución gracias a la televisión, con la Internet parecen haber dado el definitivo. “La privacidad abolida”, el ensayo que cierra el libro, indaga más a profundidad.

Si otros son espectáculo y noticia, ¿por qué no puedo serlo yo? Si cualquier persona con acceso a Internet puede subir a la red infinita información de cualquier tipo, no siempre confiable ―razón ésta que ha hecho de Internet una plataforma tan plural como digna de desconfianza―, entonces también cualquier persona puede subir a la red infinita instantáneas de su insulsa vida privada, a la que, por el mero hecho de estar en espacios públicos, se empieza a concebir como fascinante y digna de atención.

El usuario de la red, y en especial el usuario de las redes sociales, se ha convertido en su propio Big Brother (pensemos en Orwell), en su propio vigilante, en su propio delator. El individuo, nos dice Diego José, “deja al descubierto su compleja necesidad de convertirse en acontecimiento”, de convertir lo insignificante, al menos por un fáustico instante, en trascendente. “¡Momento!”, exclamó el Fausto de Goethe en el momento en el que conoció acaso por primera vez la dicha, “detente, eres tan bello...”. Y después se tomó una selfie, para dejar constancia de que lo era.

¿Qué hay detrás del desplazamiento de la vida privada a la esfera de lo público? Afán de reconocimiento a cualquier precio y por cualquier vía. Miedo a las relaciones interpersonales. Sobreexposición del yo en detrimento de la intimidad. Necesidad de aceptación, así sea efímera, de participación, de atención. Narcisismo. Aburrimiento.

Si la melancolía fue alguna vez el mal del siglo XIX, quizá en el XXI haya tomado la estafeta el aburrimiento. “La noción de melancolía”, se lee en el “Breve ensayo sobre el aburrimiento”, “ha producido un sinnúmero de referencias filosóficas y literarias, síntoma de la genialidad o del hundimiento progresivo del espíritu en la neurosis. Un hombre melancólico resulta interesante, porque en él habita la simiente del genio; [pero] una sociedad melancólica es decadente, porque se hunde en los abismos de la indiferencia”.

A pesar de la sobreoferta de contenidos, de informaciones, de posibilidades de entretenimiento, de acceso a las vidas privadas de los otros con consentimiento de ellos mismos, estamos aburridos en todo momento. Acaso porque todo se ha vuelto más fácil, más accesible. Nada ya supone un reto. “La condena del hombre moderno es el tiempo, su móvil es el tedio; busca a toda costa matar el tiempo”, nos dice Diego José, cara a cara.

Por eso reinventamos las fiestas que devienen raves y orgías, versiones contemporáneas del Domo del Placer del Kublai Khan, fusión de música electrónica y comportamientos primitivos. Por eso nos angustiamos ante la imposición de modelos de belleza imposibles de alcanzar. Por eso no sabemos lidiar con la frustración. Por eso adoptamos un “sistema civilizado del rechazo: despido, paro, finiquito, divorcio, demanda, visa, crédito” como un orden natural. Por eso renunciamos a renunciar a la monotonía: porque las alternativas también son tediosas.

Es conocida de sobra la afirmación de Walter Benjamin expuesta en la séptima de sus Tesis de la filosofía de la historia: “Todo producto de una civilización es al mismo tiempo el producto de una barbarie”. La civilización destruye. La civilización es el nuevo bárbaro que invade y que ahora teme la invasión de los bárbaros.

Nuevos salvajismos: La perversión civilizada es un libro redondo, es un ciclo que intenta una explicación de lo que sucede en las sociedades del nuevo siglo: ¿A qué nuevas formas de convivencia y comunicación nos enfrentamos? ¿Qué significa, en la alborada del milenio, ser rebelde? ¿Qué se esconde detrás de los ejercicios que permiten entender las nuevas formas de integración social, desde la fiesta hasta la seducción, desde la participación social hasta la educación? ¿Cuáles son los nuevos límites de la libertad, del lenguaje, del Estado, de la conciencia, de la información?

¿Qué nuevo acto de barbarie estamos cometiendo sin darnos cuenta?

Quizá Arthur Rimbaud reconocía la barbarie que vivía en él al decir, en su famosa Carta del vidente, dirigida a Paul Demeny, “Je suis un autre”. Yo no soy yo. Yo soy alguien más. Yo soy el otro. Yo soy la barbarie. Todos somos la barbarie. Somos también lo que no queremos creer que somos.¬



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Blog de escritura colectiva. Su nombre está inspirado en un poema del escritor Gabriel Zaid.