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PRÁCTICA MORTAL

BLOG DE ESCRITURA COLECTIVA

Por Eduardo Huchín Sosa




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16-06-2012 | ENTRADA #1
En vista del éxito no obtenido
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José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Edmund Wilson


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ILUSTRACIÓN | Fuente: ITE. | Esta ilustración está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported

I

Los recitales o lecturas de obra literaria son el medio más barato de difundir la existencia de las instituciones culturales, justificar el presupuesto de la gestión, el incremento no imaginario en 50% al apoyo a creadores, el fortalecimiento de una identidad en construcción a través de la nostalgia y, sobre todo, para dejar a los autores “a solas” con el enemigo.

El gasto económico disminuye si el equipo de sonido y el lugar pertenecen a la institución; la captación de oyentes crece si el evento se efectúa junto a una librería o lugar transitado donde todo visitante constituya una porción involuntaria del auditorio. A partir del equilibrio entre estas dos variables, la lectura es exitosa a medida que aumenta la segunda y se inmoviliza la primera. Cosa obvia, pero que nos sirve de pretexto para analizar las justificaciones presupuestales y sus problemas: la inversión se da en pesos y el resultado no puede ser evaluado con parámetros monetarios. La calidad de un libro de cuentos o poemas no admite decir que hubo 15% de pérdida o ganancia cuando el incentivo fue de mil quinientos pesos mensuales. Parece que las únicas salidas económicas son:

a) producir libros con bajos tirajes y en ediciones únicas,
b) crear nuevos premios o aumentar el monto de los ya existentes,
c) organizar lecturas.

La opción A se sustenta en la esperanza de que todo a largo plazo es redituable (como los pudrideros naturales que en miles de años se vuelven petróleo), o sea, imprimir libros que aspiren a volverse costosos por raros; claro, todo esto en los siglos subsecuentes. Las opciones B y C si bien no son consagratorias, agregan líneas al currículum y proporcionan dos o tres recortes de periódico para la egoteca.

Lo referente a la identidad tiene que ver con el horizonte de expectativas del mecenazgo y su imposibilidad en la práctica, pues entre el beneficiario y la institución siempre existen diferencias, ataques mutuos y esa santa paz que proporciona el cheque mensual. Pero lo que me interesa por el momento es tratar al escritor en ese espacio social que es la lectura y las consecuencias psicológicas de tales actos.

Veamos: si la literatura es un exhibicionismo entre visillos, las lecturas son un table dance donde los autores llevamos todas las de perder, porque como “espectáculos de un solo hombre” requieren de una preparación que no todos admitimos como válida. Si las presentaciones de libros son misas de cuerpo presente (donde cada elogio esconde su respectivo pésame), las lecturas son mentiras en el confesionario y por ello necesitamos conocer las proporciones perfectas del protagonismo escénico: 25% de esfuerzo en el fingimiento de la voz –como cuando se compra una revista pornográfica–, 25% de actuación de intelectual –como cuando se conquista a una mujer–, 25% de paciencia para sostener cinco páginas de lectura del Declamador sin maestro, 25% de postura de oyente –la mano extendida sobre la mejilla– como fotografía de autor de Alfaguara.

Bastante mala fama tienen los poetas como lectores en voz alta de sus creaciones, y así podemos observar que:

-José Emilio Pacheco arremete contra los recitales en uno de sus libros:

Si leo mis poemas en público
Le quito su único sentido a la poesía:
Hacer que mis palabras sean tu voz
Por un instante al menos.

-Dámaso Alonso los considera una “expresión de la hipocresía esnobista y de la incurable superficialidad de nuestra época”.
-Gabriel Zaid los compara con cócteles de galería donde la dificultad consiste en intentar “leer de oídas”.
-Edmund Wilson los enumera dentro de los 20 principios enemigos de un escritor.

Porque, reconozcámoslo: todo encuentro literario donde la página conduce a una relación silenciosa, produce decepción ante la cita personal. Uno es bastante descuidado en su apariencia física o por lo menos eso intenta. El escritor, convencido de su sacralidad ante los oyentes, asume ponerse en la cabeza un laurel que le queda demasiado grande. Peor resulta cuando los oyentes son otros escritores, porque cada uno se cree rey del mundo y considera que la “revolución estética” no le ha hecho justicia. El “joven creador” inventa su lugar en la mesa de lectura y es como si recitara una ofrenda poética para quinceañeras. Quiero decir: está consciente de que lleva un texto para la ocasión, sin muchas dificultades técnicas, dispuesto a impresionar a quien se deje impresionar en esta nueva presentación social donde gustosos lo contemplan sus padrinos de gremio, de grupo, de mafia.

Como marginado, como excepción a la regla, como soy garrick cambiadme la receta, el joven creador vive su verdad a medias a través de la imagen personal. La importancia de la misma varía según los gustos: tengo un amigo que prefiere comprar libros sin fotografía de autor, porque –dice– le deprime imaginarse al de la foto escribiendo el discurso que se halla entre sus manos. La imagen es un arma de doble filo porque añade a la perspectiva única de cada lector, puntos a favor o puntos en contra.

La lectura en voz alta no admite la distracción propia de la somnolencia –derecho inalienable del auditorio– y nos obliga a decir “cito” y “fin de la cita” en los extremos de la trascripción, ahí donde cursivas y comillas se vuelven inútiles, así como ineficaces las innovaciones tipográficas. Nuestras complejidades verbales se van a la basura, porque nadie del público va a levantarse a buscar un diccionario; a menos que al escritor le importe un comino la inteligibilidad posible en una lectura y crea devotamente en esa expresión de Baudelaire: “Hay cierta gloria en no ser comprendidos”.

Y sin embargo, se dan casos: alguno de los asistentes se fastidia y se va. No gozamos ya del privilegio de ignorar si alguien en algún punto de la ciudad lee nuestros textos, le asquean sus contenidos, los quema y anota nuestro nombre en su Index personal de autores prohibidos. Tendremos que enfrentarnos a las reacciones de la concurrencia: en una lectura, el autor intenta decir algo, los asistentes escuchan otra cosa y con ello se experimenta una nueva forma de polisemia literaria.

En poesía, la aversión contra todo lo que suene a Declamador sin maestro, hace del espectáculo de ruptura un hecho risible, plausible y fascinante. Escoger un poema propio para leer en público es casi tan tortuoso como escuchar el resultado de dicha elección. Desatendemos, entonces, la voz, la dicción, el énfasis y nos aferramos al comentario piadoso de algún oyente:

–De todas maneras es buen escritor, no podemos exigir que lo sea como lector en voz alta.

Mal y consuelo de todos, el micrófono espera para convencernos de que hablar con la intromisión de Evolution, Korg, Peavey y JBL obedece a un arte para el que no todos estamos lo suficientemente entrenados.

II

Si la ganancia económica de una lectura se reduce comúnmente a cero, es porque no se han vislumbrado los alcances de las mismas. Claro que tienen que verse en otros rubros, porque intentar cobrar en lecturas sería poco menos que un suicidio por no decir una tomadura de pelo.

La oferta aumenta geométricamente mientras la demanda es inmóvil: ésa es la gran verdad. Todo el mundo quiere escribir pero nadie escuchar o leer. Y los dispuestos a escuchar quizás no descubren aún su vocación de confesores y andan vagando por ahí sin darse cuenta del nulo crecimiento que provocan.

Las lecturas, si son colectivas, se enfrentan a la dificultad de no distinguir la aportación individual de cada escritor. No se recomienda dividir, por ejemplo, el número de asistentes –descontando escritores e invitados de la institución– entre el número de autores que leen. El promedio –aunque matemáticamente posible– no refleja la realidad del ejercicio presupuestal.

Para ser concretos en la aplicación de un capital sería aconsejable hacer segmentaciones, verbigracia:

De una beca mensual de $1, 500.00 M. N. : 30% de gastos varios
25% de formación intelectual (libros, revistas, encuentros)
25% de imagen social (mujeres, bohemia, bailes)
20% de publicidad al gusto

Lo cual obligaría al escritor a tener un poder de convocatoria resultante del 20% de su ingreso pecuniario.

Otra alternativa podría ser la utilizada por el INEA: es decir, pagar por cada grupo de diez fans incondicionales que lleve el escritor a todas las lecturas y presentaciones de libros, y un gran bono por cada aprobado en un examen que se aplicará para verificar si ese público está completamente condicionado para consumir libros, discos, revistas y lecturas de autores campechanos.

Post scriptum: El anterior ensayo fue escrito con motivo de una “mesa de lectura” (17- agosto-2000) donde los jóvenes creadores mostramos los avances de nuestros respectivos proyectos. El espacio usurpado para tal cometido (“La voz de la poesía”) registró su asistencia más raquítica. El público convocado por los jóvenes creadores resultó tan escaso que sólo pudo ser superado por el que asistió a la muestra de “Creadores con trayectoria” (con un resultado de -2, porque ni los creadores se presentaron). De esta manera, se me ocurrió que podría haber una escala descendente de público acorde al tiempo que uno tenga como “creador”:

JOVEN CREADOR......................... CREADOR CON TRAYECTORIA
15 asistentes -2 asistentes

Diferencia: 17 personas

Sólo divídase el número de personas entre los años de trayectoria del creador y se obtendrá la “disminución de asistencia por año”. Más investigaciones estadísticas nos llevarán a determinar si ese número obedece a una CONSTANTE DE PÉRDIDA DE PÚBLICO o depende únicamente de que a nadie interesa ya el arte.¬



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Blog de escritura colectiva. Su nombre está inspirado en un poema del escritor Gabriel Zaid.