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12-06-2012 | ENTRADA #6
Homenaje a la honestidad
Etiquetas:

Gabriel Zaid, Huberto Batis, José de la Colina, Juan Tovar, René Avilés Fabila, Antonio Caso, Carlos Pellicer, Honestidad


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ILUSTRACIÓN | Fuente: ITE. | Esta ilustración está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported

A Gabriel Zaid, por su influencia.
A Fernando García Ramírez, por su honestidad.

Es cierto que existen las injusticias editoriales (como también existen las injusticias en los premios literarios y, en general, las injusticias literarias, según dice Gabriel Zaid aquí). La habitual: que un buen escritor no pueda publicar su obra (así sea un poemita) porque todos los editores (así sean los de una modestísima revista literaria) le cierran las puertas en las narices. Tenemos casos sonadísimos de ésto, tantos que no vale la pena transcribirlos aquí. Es cierto: muchas veces el editor comete errores carísimos (literariamente hablando) porque es incapaz de ver los milagros que hacen parada frente a su puerta. Con el tiempo, la elevada frecuencia de tales tropiezos editoriales ha generado una falsa conciencia en algunos lectores y escritores: se llega a pensar que las injusticias las realiza solamente el editor; que los rechazos son siempre por ineptitud, mala fe o por oscuros intereses inconfesables.

Se repara muy poco en las presiones e injusticias que realizan los malos escritores en contra de los editores.

Testimonios no faltan. Huberto Batis (Lo que Cuadernos del Viento nos dejó, Lecturas mexicanas, 1994, pp. 94-95), refiriéndose a su experiencia como editor de una revista cultural, comenta:

El editor es acechado por los escritores (y escritoras, of curse) inéditos en todas partes, le hacen ojitos, le tuercen el brazo o le hacen manita de puerco, le dan puerta o de plano le ofrecen la nalga; lo granjean, lo invitan, lo emborrachan, lo chantajean, lo amenazan, lo apapachan, lo sobornan. Los caminos para publicar son barroquísimos. Algunos hasta le ruegan al editor o exigen que éste les ruegue.
A lo anterior podríamos sumar el testimonio de José de la Colina, quien fuera secretario de redacción en la revista Plural (Letras Libres, 3L, octubre 2011, pág. 101):
En Plural [...] me encargué de la corrección de estilo de trabajos ajenos e incluso de la corrección tipográfica, pues esa es la condición tradicional del secretario de redacción, más la de ganarse el odio de aquellos demasiado torpes escritores cuyas cuartillas había que rechazar (y, de paso, me es imposible olvidar a una “poetisa” a quien le dediqué una esforzada hora para explicarle por qué no le había publicado un poema de tono nerudiano con caracolas en las que soplaba el viento revolucionario del pueblo, y que, tras insultarme por elitista y extranjero, me prometió, a gritos, llevarme a los tribunales si no le devolvía sus cuartillas, las cuales, por supuesto, había yo extraviado, y que mucho después hallé en una gaveta, acompañadas de una carta en que la autora se declaraba mi enamorada forever).

Es como dice Juan Tovar (René Avilés Fabila, El escritor y sus problemas, FCE, 1975, pág. 67): "[...] nunca faltarán autores que se sientan boicoteados por un simple control de calidad". Al rechazo, en muchos casos, le sigue el llanto, el arrimón de nalga, el fajo de billetes. Y si eso no funciona: el rumor, la calumnia, la carta-denuncia que sirve como chantaje, los insultos. De estas injusticias contra los editores se habla poco, o no se habla. Sucede en muchos casos que el editor, cansado y habiendo agotado sus últimas "reservas morales y económicas" (para usar palabras de López Velarde), se presta a editar cosas que de otro modo jamás hubiera encaminado a la imprenta. Dice un Huberto Batis arrepentido de su deshonestidad editorial, en una confesión a los lectores (p. 94):

¿Cuántas veces no pude negarme a argumentos totalmente sentimentales y publiqué [en Cuadernos del Viento] textos flojos, babosos, mediocres, inútiles? Mis culpas son infinitas... El chavito pendejo, la chavita por bonitilla (y a veces por horrible), el extranjero exiliado, la poetisa putancona cuerísimo, el cuentista contacto para conseguir un anuncio o un patrocinio, la hijita del linotipista o del encuadernador, la prima ilusionada con verse en letras de molde, el profesor que necesita publicar para el currículum y ascender en la carrera académica, las lágrimas de la viuda que quiere ver impresos los últimos versos de un difunto...

En tales circunstancias, la honestidad editorial tiene algo de heroico. De heroismo silencioso que rara vez es reconocido o celebrado por los lectores, porque nunca se escriben cosas como: hoy un editor, resistiendo presiones casi insoportables, fue honesto y se rehusó a publicar un texto malo. Gabriel Zaid (Periodismo cultural, Letras Libres, febrero de 2006, pág. 60) ha puesto los puntos sobre las íes al decir que "A nadie le gusta ser el malo de la película, rechazando cosas. Menos aún tomarse el trabajo de corregirlas, que toma mucho tiempo y que puede terminar en que el autor se ofenda, en vez de agradecerlo" (recordemos a José de la Colina).

La honestidad puede tomar muchas formas. Es, en general, una actitud que no engaña o defrauda ni se apropia de lo que es de otros. La honestidad editorial, primero que nada, es un acto de honestidad que se realiza pensando en los lectores; luego, en los autores. Frecuentemente, esta honestidad tiene que adoptar la forma de un rechazo hacía la obra: "No puedo publicar ésto porque está mal, lo siento. Trae algo mejor". Dice Zaid en Los años de aprendizaje de Carlos Pellicer (Letras Libres, julio de 2001, p. 18) que Antonio Caso escuchaba los poemas del joven Pellicer y, haciendo gala de paciencia y valor civil, le decía que estaban mal. Resultado: el aprendiz se esforzaba más. Pero hoy, como ayer, muchos escritores ni se esfuerzan: prefieren conseguir por medios extraliterarios el reconocimiento: la publicación, el premio, la palmada.

Por suerte, jamás han faltado los editores que no engañan o defraudan al lector (y al autor) que les da su confianza. Gracias a ellos (que han sabido sortear los equívocos de la generosidad mal entendida y que no han sido nada tibios en sus exigencias), la calidad literaria de lo que se publica en México no disminuye, sino que aumenta.

(Termino zaidianamente:) A ellos va dedicado el presente texto, que toma la forma de un homenaje a su silenciosa e inclaudicable honestidad.¬



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Román Alonso.


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