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23-09-2011 | ENTRADA #2
Deseos de muerte
Etiquetas:

Enrique González Martínez, Julio Torri, Rafael de Alba, Meandro, Alfonso Reyes


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ILUSTRACIÓN | Fuente: ITE. | Esta ilustración está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported

Un escritor mexicano de 46 años, poeta consagrado, escribe una epístola dirigida a un joven escritor que acaba de publicar su primer libro. El joven, de 28 años, le ha enviado amablemente un ejemplar de la obra, acaso esperando, como gesto de cortesía, recibir una respuesta. La carta no es una epístola a la manera de las escritas por Rilke para reconfortar a un solitario joven con vocación literaria, sino una misiva donde el escritor le desea al joven, con las mejores intenciones del mundo, que se muera.

El escritor es Enrique González Martínez (1871-1952), la carta tiene fecha del 29 de agosto de 1917, y el joven es Julio Torri. El libro en cuestión es Ensayos y poemas (Porrúa, 1917). La carta, pese a las apariencias, no viene cargada de venenos ni de malas intenciones, todo lo contrario: se lee como una manifestación de aprecio y un deseo de consagración anticipada, conseguida, en último caso, por la ruta de la muerte prematura y singular. Escribe González Martínez (cita tomada del ensayo de Gabriel Zaid, Extravagancia de los textos breves. Revista Vuelta, julio de 1996, pág. 18):

[…] Debiera usted morir joven, de algo desusado y violento, lo cual no es absolutamente imposible en nuestro ambiente burgués (un amigo mío murió de la coz de un dromedario en el Mineral de Catorce, San Luis Potosi), y dejarnos, a su muerte, un perfume extraño y penetrante de espíritu selecto.

Visto así, los deseos de muerte son buenos deseos. Morir de una manera extravagante, como nota final de una vida corta y obra sui géneris, parece un puente abierto hacia lo glorioso; hacia lo inolvidable. Martínez no escribía improvisádamente a Torri cuando le deseaba una muerte prematura y peculiar. Es posible que, mientras redactaba la epístola, el poeta hiciera memoria de un curioso episodio de juventud narrado, posteriormente, en su autobiografía (Enrique González Martínez, El hombre del búho, Ed. EOSA. Edición original del libro: 1944. México, 1985, pág. 138):

Al abrir un día mi correspondencía en Guadalajara, que yo repasaba con interés que no perdí nunca, tropecé con un artículo encerrado entre dos cintas enlutadas, y cuando fijé los ojos en el nombre del muerto, me aturdió leer allí el mío: “Enrique González Martínez”.

La confusión de la falsa noticia llevó a muchos escritores conocidos de Martínez, quienes lo daban por muerto, a redactar “sendos y largos artículos” sobre su fallecimiento. Uno de ellos, Rafael de Alba, terminó su artículo de la siguiente manera (pág. 142):

[…] ya lo dijo el viejo Meandro: "Los que los dioses aman, mueren jóvenes". Enrique por eso ha muerto en plena juventud, fue demasiado querido por los dioses.

Para Martínez, sumo pontífice de las letras mexicanas de aquel entonces, Julio era un joven demasiado querido por los dioses, y así se lo insinuó en la epístola que le escribió. No está de más decir que el anhelo de muerte entusiasmo al joven. En carta para su amigo Alfonso Reyes, fechada en agosto de 1917, Torri escribe (Beatriz Espejo, Julio Torri, voyerista desencantado. Ed. Diana. México, 1991, pág. 46):

González Martínez me escribe (a propósito de mi libro) una carta tan amable (en que me desea entre otras cosas, una muerte rara y pronta, a fin de que deje el recuerdo de un espíritu distinguido). En la misma carta me demuestra que es posible morir de un modo raro […]

Al final, Torri no tuvo una muerte singular ni anticipada (murió de bronconeumonía y casi olvidado a la edad de 80 años). Los dioses no le dieron la prueba de amor que significaba una muerte prematura (Meandro). Pero le dieron otra que lo inmortalizó: su obra literaria. De una calidad indiscutible y de una perfección sorprendente, su obra resulta como caída del cielo; es un auténtico milagro, para quien lo sabe ver, que se repite con cada lectura. González Martínez sabía, después de haber leído su libro, que Torri era merecedor del honor de morir fulminado por el rayo que la divinidad reserva para unos cuantos elegidos. Así, deseándole la muerte, le deseó lo mejor. No podemos reprocharle sus malas intenciones (que en realidad eran las más buenas): hay ocasiones en que, para hacer un elogio franco, "morir" es lo mejor que se le puede desear a un joven escritor.



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