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Revista Anagnórisis | Pensar nuestro tiempo | El reloj del progreso

EL RELOJ DEL PROGRESO

ROMÁN ALONSO






PENSAR NUESTRO TIEMPO | ANAGNÓRISIS #5
El reloj del progreso
Etiquetas:

Herder, Haendel, Gabriel Zaid, Robert Nisbet, Jacques Le Goff, Joaquín de Fiore, San Francisco de Asís, Dante, Hegel, Comte, Marx, Adán, Eva, Pandora, Prometeo, Pietro di Blois, Turgot, Cordocet, Adam Smith, John B. Bury, Bossuet, Abraham, Tales de Mileto, Progreso


ILUSTRACIÓN | Fuente: www.megustaleer.com.mx.


Son progresos el fuego, la minería, la agricultura, la escritura y todo tipo de señales; los microcréditos y los celulares; la crítica de la esclavitud y de la guerra; la obra de Herder y la música de Haendel. “Progreso es toda innovación favorable a la vida humana” (p. 11).

En su más reciente libro, Cronología del progreso, Gabriel Zaid (Monterrey, 1934) dibuja la génesis y el desarrollo del concepto. Coincide con otros autores (Robert Nisbet, por ejemplo) al asegurar que “La historia como progreso es un mito cristiano que empezó a formarse en el siglo XII y a secularizarse en el XVIII” (p. 51). Se comienza buscando el progreso espiritual (primero solitariamente y después en algún marco monástico) y se desemboca en la preocupación por el progreso histórico (social y material). La primera ruta buscaba el cielo; la segunda inspira el anhelo trepador en la tierra, con todas sus consecuencias.

Contra lo que se piensa (que el ideal de progreso inicia en el siglo XVIII), todo principia en la Edad Media, con la llamada escuela de Chartres, cuyos integrantes creían en “la unión activa de la razón y de la fe” (Jacques Le Goff, Los intelectuales en la Edad Media. Gedisa. Barcelona, 1990, p. 62).

Para Zaid (p. 14), la fe en la historia como progreso comienza con el chartrista Joaquín de Fiore (c. 1135-1202). En perspectiva, su influencia intelectual parece inmensa (“Fue elogiado por San Francisco de Asís, Dante, Hegel, Comte, Marx y muchos otros, del siglo XIII al XX”). Su pensamiento inaugura una época en la que el cielo parece, más que nunca, al alcance de la mano, y donde (p. 59)

Los tiempos mejores dejan de ser eones: la eternidad se inserta en la historia y el paraíso futuro se va construyendo gradualmente en la tierra.

Joaquín de Fiore tuvo fe en el progreso como providencia divina: “Dios se manifiesta de una manera cada vez más profunda y completa” (p. 56). Distingue “una primera era en la que estuvimos bajo la ley; una segunda en que estuvimos bajo la gracia; una tercera, que esperamos como inminente, en la que estaremos bajo una gracia más amplia” (Jacques Le Goff, Pensar la historia. Paidós. Barcelona, 2005, p. 206).

Tal vez por enantiodromía, los siglos posteriores tendrán fe en el progreso como ley natural o ley histórica, pero no como ley divina. Así se pasaría “de entender la Providencia como progreso a entender el progreso como Providencia” (Robert Nisbet, Historia de la idea de progreso. Gedisa. Barcelona, 1991, p. 257). De esta manera, apunta Zaid, el mito del progreso “se volvió una fuerza ciega que ignora sus orígenes [cristianos] y considera evidentísimo y hasta científico lo que es una fe religiosa” (p. 59).

En los ensayos reunidos (y refundidos) en Cronología del progreso, Zaid se ocupa del metabolismo del mito. En “El pecado original”, por ejemplo, el autor ensaya una lectura progresista del relato de la expulsión de Adán y Eva del paraíso.

Según la lectura de Zaid, el pecado original nace con el salto del hombre a la vida sedentaria y agrícola. El cambio abrió la caja de Pandora (p. 41): entre otros males, “la vida sedentaria facilitó el contagio de enfermedades y plagas, redujo la variedad de los alimentos silvestres disponibles y no siempre aumentó la seguridad del abasto (no hay cosecha segura)”. La agricultura trajo “más trabajo y menos libertad”, menos tiempo para vivir, conversar y contemplar. Adán y Eva quedaron atados a la tierra, como Prometeo; expuestos a la rapiña de los buitres que eran atraídos por la riqueza acumulada. El pecado original (que perdura hasta nuestros días) fue “preferir el trabajo al fuego de la conversación” (p. 44).

(Para frasear el comentario de Pietro di Blois; citado por Le Goff en Pensar la historia, pp. 205 y 206:) Hay que decir que las reinterpretaciones de Zaid son verdaderos progresos del saber que nos hacen ver más lejos

porque “vivifican”, renovando su contenido, el pensamiento de los antiguos, “desvitalizado” por la vetustez.

Recordemos lo escrito por el historiador francés Jaques Le Goff: “Las revoluciones raras veces son también creaciones; suelen ser cambios de sentido” (El nacimiento del purgatorio. Taurus. Madrid, 1989, p. 21).

En otras páginas, al ensayista le interesa hablar de la erradicación de los atolladeros sociales (la guerra y la pobreza, por ejemplo). Es cierto que la igualdad universal ha sido uno de los anhelos más viejos, etéreos e irrealizables del mito progresista, pero Zaid lo lleva a tierra, al terreno firme de la economía. En el ensayo “Pobreza y desigualdad” aborda el problema. Y contra lo que piensan muchos progresistas que están en la luna, llega a la conclusión de que lo realista es igualar por abajo en vez de por arriba (p. 82):

Lo importante es que todo ser humano disponga de suficientes calorías, proteínas, agua potable, ropa, techo, vacunas, vitaminas; y esto es algo que se puede lograr. Lo que no tiene importancia, ni se puede lograr, es que todos igualen a todos los demás. Menos aún (aunque se recomienda mucho), que todos superen a todos los demás.

Lo anterior, dice Zaid, se puede lograr aprovechando las innovaciones productivas. Lo deseable es que algunos progresos (como los microcréditos) se puedan generalizar entre los más pobres para mejorar su productividad y sus condiciones de vida. Lo razonable es garantizar una mínima abundancia y dejar a las personas libres para desarrollar su vida en plena independencia.

No deja de tener importancia el prever la erradicación de la pobreza. (Parafraseo a Gabriel Zaid en su libro Adiós al PRI): Tal vez la prolongación de muchos problemas se deba a que su solución está en la región de lo impensado. Con razón, el autor piensa que “La pobreza puede quedar atrás en unas cuantas décadas. Pensar que será eterna ayuda a perpetuarla” (p. 81).

Conviene saber que el mito del progreso se sustenta en el “feliz artificio de Cordocet”, que (dice John B. Bury en La idea del progreso. Alianza Editorial, Madrid, 2009, p. 300:)

trata a los diferentes pueblos que se pasaron la antorcha de la civilización como si fueran un único pueblo entregado a una única carrera. Esto es una “ficción racional”, ya que los verdaderos sucesores de un pueblo son quienes prosiguieron sus esfuerzos.

En su ensayo “De Bagdad a Florencia”, Zaid parece retomar esta idea. Al final, la perspectiva global es necesaria para disimular las intermitencias. En apariencia, lo usual es el progreso continuo. Pero lo realmente normal es el desarrollo discontinuo: la historia está llena de progresos interrumpidos.

La última parte del libro incluye una cronología que funciona como un verdadero reloj del progreso: parte del origen del universo (hace 13.8 millones de milenios) y avanza hasta el momento en que “La nave espacial Kepler descubre el planeta Kepler (438b) semejante a la tierra” (2015). El reloj marca algunos grandes saltos (“de la nada al sexo”, “de las neuronas al habla”, “del fuego a la agricultura”, por ejemplo). Y aunque se inspira en el Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (1794) de Cordocet (1743-1794), la cronología de Zaid es una más completa síntesis del progreso universal. Según Bury (p. 300):

Al igual que Bossuet y Cordocet, Comte circunscribió su perspectiva a la civilización europea; se fijó tan solo en la élite, en la vanguardia de la Humanidad. Desecho la inclusión de China o la India, por ejemplo [...]

En su cronología del progreso, Zaid va más allá de Europa y Oriente para incluir también al llamado Nuevo Continente. Significativamente, esta apertura no ignora la contribución de México en la historia del progreso occidental.

En general, la cronología apunta progresos en campos tan variados como las bellas artes, la medicina, la química, la investigación del espacio, las comunicaciones y los desarrollos empresariales. No se ignoran los avances en la crítica y la moral. La línea avanza, por ejemplo, de la crítica de Abraham a los sacrificios humanos a la crítica del saber hecha por Tales de Mileto; de la crítica ecológica al desarrollo industrial a la crítica del progreso (como idea).

Verdadero sucesor de Joaquín de Fiore, Turgot, Cordocet y Comte, Gabriel Zaid es un pensador independiente interesado en alentar el progreso humano. Es un sabio pragmático que aboga por los desarrollos concretos.

Cronología del progreso es un libro escrito con optimismo razonable. Una obra notable que convierte muchos anhelos vagos en objetivos claros.¬



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AUTOR

ENSAYO


Román Alonso.