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Revista Anagnórisis | Pensar nuestro tiempo | Enrique Krauze: convencido, convertido

ENSAYO

ROMÁN ALONSO




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PENSAR NUESTRO TIEMPO | ANAGNÓRISIS #5
Enrique Krauze: convencido, convertido
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Enrique Krauze, Octavio Paz, David Huerta, Carlos Monsiváis, Manjarrez, Pereyra, Blanco, Aguilar M., Aguilar C., Mario Vargas Llosa, Gabriel Zaid, Daniel Cosío Villegas, Fernando Savater, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Melchor Ocampo, Luis Echeverría, Alejandro Rossi, Salvador Elizondo, José de la Colina, Christopher Domínguez Michael, Karl Popper, Ávila Camacho, Carlos Salinas de Gortari, Ralph Waldo Emerson, Thomas Carlyle, Jorge Luis Borges, Isaiah Berlin, Andrés Manuel López Obrador, Hugo Chávez, Carlos Fuentes, Ricardo Mestre, Siempre, Plural, Excelsior, Vuelta, Letras Libres


ILUSTRACIÓN | Enrique Krauze | Fotografía tomada de las redes sociales del autor. Se reproduce con autorización.



SOMBRAS DEL PASADO

Hacia 1972, Enrique Krauze Kleinbort (Ciudad de México, 1947) participó en un ataque contra Plural, la revista cultural dirigida por el poeta Octavio Paz. El historiador lo recordaría en un artículo de 1994 (“Por el camino de Paz”):

Departamento de David Huerta, colonia del Valle, 1972. La plana mayor del suplemento cultural de Siempre! Preside nuestro caudillo cultural, Carlos Monsiváis. Asiste, si no recuerdo mal, la unidad completa: Manjarrez, Pereyra, Blanco, Aguilar M., Aguilar C. y yo. De pronto, alguien explica el motivo de nuestra reunión: “Hay que darle en la madre a Paz”. Monsiváis, con buen sentido, duda: es el poeta, es el mejor. Yo disiento también, un poco: “¿No sería preferible leerlo o releerlo?” La propuesta parricida se aprueba por mayoría.

Junio de 1972. Ataque sorpresa al “bastión del liberalismo reaccionario y burgués de la cultura mexicana”: la revista Plural. Objetivo: “expulsar del discurso” a los “intelectuales liberales” que tenían por valores absolutos la libertad de expresión y la democracia”. El teniente H. A. C. y el cabo E. K. –mea culpa máxima– escriben un texto donde sostienen que “a nuestra imprecisa cultura nuestros intelectuales sólo pueden oponer una finta o una herida, no una obra”. En el número de agosto, las “Letrillas” de Plural nos tratan con benevolencia: nos llaman “pareja de siameses intelectuales, un medio cerebro con dos cabezas”. Yo estaba feliz de que alguien en Plural me deletreara. Desde hacía meses –esquirol intelectual, liberal embozado– era un lector secreto de la revista enemiga.

Mucho tiempo después, durante una conversación con el novelista Mario Vargas Llosa, el historiador aceptaría que, erróneamente,

La generación mía, la generación siguiente, consideró que Octavio Paz se había vuelto súbitamente reaccionario. Yo, por supuesto, fui un tránsfuga de mi generación y a los dos años decidí salir del grupo aquel e incorporarme a Plural, porque a mí las páginas de Plural, los ensayos de Zaid, de Paz [...] no sólo me convencieron, sino que [...] me convirtieron en un liberal [...]

El viraje intelectual es comprensible si pensamos, como Krauze, que en aquellos años Octavio Paz puso en claro el pasado de México en más de un sentido y que muchos de los ensayos políticos y económicos de Gabriel Zaid, ese solitario solidario, tuvieron la claridad y la clarividencia de un teorema.

Hacia 1975 Krauze debutaría en Plural como reseñista de libros. Y en 1976 cerraría el ciclo con un escrito sobre el intelectual Daniel Cosío Villegas (1898-1976), su maestro recién fallecido.

Después del paso por aquel Damasco intelectual que sería la revista Plural, el historiador haría lo posible para saldar su deuda moral. Desde entonces, el liberalismo (esa forma de negación de todo fanatismo e intolerancia) sería su credo político. El liberalismo político, para Krauze, “Más que una ideología es una actitud: una disposición a razonar y argumentar, no a imponer; a demostrar y fundamentar, no a vociferar”.

Ante todo, el compromiso de Krauze ha sido con la libertad, con el diálogo civilizado que promueve la tolerancia y el ejercicio de la razón. Para usar palabras de Fernando Savater (Las preguntas de la vida): “diálogo entre iguales que se hacen cómplices en su mutuo sometimiento a la fuerza de la razón y no a la razón de la fuerza”. (Ya se sabe que “Para un liberal la prensa y la libertad de expresión ocupan un sitio sagrado”.)

En todo caso, con el paso de los años, Enrique Krauze se transformaría en un liberal de la estirpe de Daniel Cosío Villegas. Algún parentesco conquistaría después con los liberales mexicanos del siglo XIX (entre otros: Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto y Melchor Ocampo), aquellos estoicos que eran “fiera, altanera, soberbia, insensata, irracionalmente independientes”.

Finalmente, tras la muerte del auténtico Plural en 1976 debido al golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría contra el periódico Excelsior, casa de la revista, Krauze acompañaría a Octavio Paz, Gabriel Zaid, Alejandro Rossi, Salvador Elizondo, José de la Colina y otros escritores mexicanos del siglo XX en la puesta en marcha y operación de una nueva empresa cultural independiente: la revista Vuelta (1976-1998).

EMPRESARIO DE LA HISTORIA

Krauze escribiría en aquellos años numerosos ensayos (uno de los mejores: “Por una democracia sin adjetivos”). Desde las páginas de Vuelta, fustigaría a los que consideraba los viejos cultos irracionales:

los cuatro “ismos” sagrados y consubstanciales de la vida latinoamericana: populismo, militarismo, ideologismo y estatismo.

Contra los fatalismos históricos de moda, Krauze sostendría siempre que “el hombre es el empresario de la historia”. Hay que recordar que para el historiador liberal

La historia es un proceso abierto; sujeto, es verdad, a la acción de fuerzas impersonales, azarosas y supra-personales, pero esencialmente abierto a la libre voluntad emprendedora de los hombres. La historia nos condena a la perplejidad pero no a la impotencia.

Tal visión (verdadera apuesta por la libertad) coincidiría con la del poeta Octavio Paz, quien consideraba a la historia como “el lugar de la prueba”.

Ahora bien, si la desmemoria es la madre de la mentira (Christopher Domínguez Michael), la empresa de restauración histórica de Krauze ha sido un esfuerzo por apadrinar una verdad sin adjetivos.

Contra la mentira, Krauze emprendió la crítica del “poder personificado”, de “las ideologías y la ortodoxia” (sobre todo la marxista y la priista). En América Latina había que criticar a los dictadores y a los guerrilleros, ambos “retóricos y violentos”; en México, a quienes se sirvieron de la historia con fines de legitimación política (Caras de la historia, La historia cuenta. Contra las inquisiciones ideológicas de su tiempo, Krauze escribiría Textos heréticos). La crítica la realizaría desde la historia: sería una crítica apasionada que esgrimiría el saber contra el poder.

EL PRESENTE

Krauze es un escéptico de las ideologías. Su postura vigilante ha sido crítica de los populismos y totalitarismos de cualquier signo. En general, la suya es una obra crítica de los fanatismos de identidad (que se ocultan bajo las máscaras de la nacionalidad, la clase, la raza y la religión). Por eso, si Krauze ha sido intolerante, lo ha sido con la intolerancia. Y no sin razón. Ya lo decía Karl Popper (“Tolerancia y responsabilidad intelectual”): “Si concedemos a la intolerancia el derecho a ser tolerada, destruimos la tolerancia [...]”.

El proyecto de Krauze podría entenderse como una labor sin concesiones encaminada a defender “las libertades formales, la libertad de expresión y la democracia”; a edificar una plaza pública donde sea posible el diálogo pulcro y el debate más libre de las ideas.

Parece casi natural, entonces, que un intelectual con tal temple se convirtiera en empresario cultural, fundador y director de empresas intelectuales: Clío, México Nuevo Siglo y Letras Libres. Las dos primeras (una empresa editorial y una productora) han buscado hacer llegar la historia en forma de libros y documentales a un público más amplio (“La misión de la televisión”). La tercera es una revista cultural fundada en 1999 que (como heredera de Plural y Vuelta) le ha puesto casa nueva a la disidencia; a la diversidad y a la tolerancia; a la crítica literaria y política; a la calidad editorial sin medias tintas.

VUELTA A PLUTARCO

Siguiendo el ejemplo de Cosío Villegas, Krauze ha sido un crítico riguroso de la silla presidencial. En La presidencia imperial. Ascenso y caída del sistema político mexicano (1940–1996), retrataría el estilo personal de gobernar de los presidentes mexicanos, desde Ávila Camacho hasta Carlos Salinas de Gortari. Y en libros como Biografía del poder y Mexicanos eminentes se encargaría críticamente de algunos personajes representativos del México político y cultural.

Su predilección por la biografía (el retrato verbal) es evidente. Como biógrafo, Krauze se encuentra próximo a Ralph Waldo Emerson (cuya consigna era “volver a Plutarco”) y lejano a Thomas Carlyle (aquel “apologista del poder absoluto, del alma germana y sus mitos telúricos”).

Sus biografías (auténticos “retratos plutarquianos”) llegan a ser litografías literarias: obras sensibles a las luces y sombras del pasado. Con ellas Krauze no busca alimentar cultos a la personalidad ni erigir monumentos a los mitos: lee a través de los siglos para iluminar “el pasado que habita el presente de los pueblos”, sobre todo el de México (La presencia del pasado).

Entre otras, son memorables sus entrevistas con Jorge Luis Borges, Isaiah Berlin y Octavio Paz (en libro: Travesía liberal; en televisión: Conversaciones con Octavio Paz. El laberinto y el liberalismo); su crítica al novelista Carlos Fuentes y al expresidente mexicano Carlos Salinas de Gortari; al político Andrés Manuel López Obrador y al dictador venezolano Hugo Chávez (ensayos: “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, “El mesías tropical”; artículos: “Nuevo Intelectual orgánico del PRI”; libros: El poder y el delirio).

Se podría decir que, como admirador de Plutarco, Krauze busca no escribir historias sino vidas en varios actos: narrar la forma en que los individuos influyen en los destinos colectivos.

Su pasión liberal (que a veces alcanza fervores casi religiosos) se enlaza con su amor por la historia. Pasión por el pasado de las ideas y por las vidas de los hombres que las encarnaron, bajo la convicción de que “la historia no es una fuerza impersonal: tiene caras, sentimientos, pasiones, ideas y creencias”.

Al final, Enrique Krauze es un historiador espiritual: aquel preocupado en perfilar las construcciones espirituales (las ideas, los ideales y las ideologías) de las épocas.

El poder es el centro de su sistema intelectual (el historiador ha buscado siempre cómo limitar o manipular su funesta gravedad). Christopher Domínguez Michael acertó hace años al apuntar (Servidumbre y grandeza de la vida literaria. Ed. Joaquín Mortiz, México, 1998):

Krauze afirmó recientemente que su generación ha vivido más fascinada por el poder que por la cultura. De ser así, su Biografía del poder es el libro de un escritor atrapado por la oprobiosa y la magnética atracción de ese astro [...]

En todo caso, en su obra “la historia no deja de irradiarse de literatura”. Seguramente, porque para Krauze “Es el matrimonio entre historia y literatura lo que quizás distingue la obra [histórica] inmortal de la buena obra”.

EL ESTILO INTELECTUAL

Enrique Krauze: Saulo liberal, historiador del sustantivo y del espíritu; Enrique Krauze: crítico de los autoritarismos, polemista combativo; Enrique Krauze: empresario cultural independiente; Enrique Krauze: amigo y patrocinador (como Gabriel Zaid) del anarquista catalán Ricardo Mestre; Enrique Krauze: el escritor que parece, por su estilo, el más británico entre los historiadores mexicanos (su temple liberal hace pensar en un Isaiah Berlin latinoamericano).

En efecto, como Isaiah Berlin, Krauze se dedicaría a escribir, con “suave devoción”, la vida de los “grandes hombres (con minúsculas, virtuosos, limitados)” que tuvieron un lugar central en la historia (política e intelectual) de nuestro país (Siglo de caudillos, De héroes y mitos, Retratos personales).

Su apostolado histórico nos ha dejado libros fundamentales; páginas elegantes que merecen guardarse en el librero de la historia mexicana.

Su obra es múltiple: abarca la historia de las instituciones, el análisis de la política local e internacional, la biografía política y cultural (que incluye las vertientes populares: escritos sobre deportistas, actrices y cantantes) y el retrato grupal de las generaciones.

Tal vez Krauze ha querido deletrearnos a todos: hacer de la vida de nuestros libertadores y opresores (hombres “ejemplares o detestables, pero todos decisivos en su momento”) un retrato colectivo: un espejo objetivo que nos permita interrogar a la violenta esfinge del pasado mexicano. Sólo por eso, la obra de Krauze merece más lectores: la sociedad mexicana necesita mirar su pasado y su presente en un mural no ideologizado. Finalmente, para iluminar el estilo intelectual y la historia personal de Enrique Krauze (descendiente de inmigrantes polacos), podríamos decir lo mismo que él ha dicho de Gabriel Zaid (hijo de inmigrantes palestinos):

Porque es hijo de inmigrantes [...] aprecia el valor de tener una patria, y por eso la estudia y la sirve. Su prosa es, en sí misma, una lección moral de pulcritud, objetividad y decencia, en un medio propenso a las ideas hechas, la simulación y la mentira.

Tuvo razón Enrique Krauze al escribir que “este país desmemoriado suele ser cruel con sus mejores hombres, por eso importa combatir el olvido; por eso, ahora y siempre, importa recordar” (Mexicanos eminentes). No está de más decir que sus ensayos, críticos y bien fundamentados, son como los de sus maestros (Gabriel Zaid y Octavio Paz): también convencen, convierten.¬



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Román Alonso.