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Revista Anagnórisis | Cuento | Le veau d'or

CUENTO

JULIO ROMANO




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Le veau d'or forma parte del libro No verás el alba (Cecultah/Conaculta/La Mina, Pachuca, 2014). Se reproduce con el permiso del autor.






UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN | ANAGNÓRISIS #4
Le veau d'or
Etiquetas:

Boris Hristov, Solti, Gounod, Fausto, Mefisto, Margarita


ILUSTRACIÓN | Bernardo Strozzi (Génova, 1581-Venecia, 1644), atribución | Querubín sobre un dragón | Pluma y tinta café | 11.3 x 15.1 cm.





Et Satan conduit le bal...!

Barbier/Carré



...en ese momento implora el milagro de morir allí, en el palco, antes de escuchar la última nota de Mefisto.

Sergio Pitol


El joven barítono bajo sabe que en uno de los palcos, esa noche, lo estará observando, casi vigilándolo, Boris Hristov. Su agente se lo había dicho, con arrebato desbocado. Solti también, casi sin darle importancia.

―Tú entiendes ―le había dicho― que Boris no te puede dar nada, muchacho. Será tu trabajo, tu esfuerzo, tu dedicación, tu pasión, lo que habrá de llevarte hasta donde tú decidas.

Ahora él encarnará, con fastuoso vestuario /espada al costado, pluma en el sombrero, escarcela y capa/ el papel que hacía treinta años dio celebridad al maestro. Los ensayos habían sido impecables, alguna indicación final de Solti a los cantantes, a la orquesta. Ninguna al joven barítono bajo, cuya deslumbrante carrera en el mundo de la ópera parecía estar por catapultarse, dotado como estaba de una voz profunda, propia del eslavo que es. La venia de Hristov sería el sello definitivo.

El aria más célebre de la ópera es suya. Lástima, piensa el joven barítono bajo, que está en el segundo acto. Pero, claro, él no es el protagonista de la que considera la única cosa que vale la pena de cuanto compuso Gounod; y el final es un trío. Pero el aria, el aria era suya.

Solti ha previsto, en caso de que Hristov y el público lo aclamaran, un encore con “Le veau d’or”, para que el joven barítono bajo pueda brillar al final en solitario. Pero antes es necesario recorrer la historia conocida por todos, la aparición ante el viejo maestro, la firma del pacto, el encuentro con Margarita, la seducción, la condena, los demonios, la redención.

Boris Hristov ocupa, ostentando un sobrio traje negro, su asiento en el palco antes de que se inicie la función, y el público reconoce, con un aplauso delirante, su trayectoria, una trayectoria que llega a su fin. Saluda a Solti como diciéndole que puede comenzar. Solti devuelve el saludo para luego dirigirse a la orquesta. Los violines en posición, cual si se tratase de soldados que a una orden habrían de disparar, hacen el silencio en la sala, y luego atacan las cuerdas. La función ha comenzado, y el joven barítono bajo está a tres horas de consagrarse.

Su aparición en el estudio del doctor Fausto es recibida con aplausos y bravos, pero parece que no escucha nada de lo que la sala le dice. El joven barítono bajo se adelanta a Solti.

―Tiene determinación, maestro Hristov ―dice a Hristov un viejo que forma parte del séquito que esa noche lo acompaña.

Hristov le indica con una seña que guarde silencio.

―Claro, maestro Hristov.

La ópera continúa, el dúo entre Fausto y Mefisto es rabiosamente aplaudido, el joven barítono bajo busca, sin encontrarlos, los ojos de la leyenda, del hombre hecho para el papel que él ahora canta.

“Parece que el propio Mefisto escribió esto pensando en Boris”, le había dicho Solti en el primer ensayo. Pero al término del aria, cuando el silencio dominó el teatro, Solti no tuvo nada que decirle. No volvieron a ella sino hasta el ensayo general.

El acto primero se cierra, telón, la expectación crece. El joven barítono bajo reaparece al cabo de unos minutos y, precipitadamente, llega el momento que todos esperaban. Bastan dos notas para que el público reconozca el aria y emita algunos murmullos. Entonces la voz potentísima y profunda del joven barítono bajo en el escenario lo abarca todo.

Dansent une ronde folle, autour de son piédestal... ! Et Satan counduit le bal !

―Magnífico, ¿no cree, maestro Hristov?

Hristov guarda silencio ante el comentario del viejo.

Et Satan conduit le bal... !, conduit le bal !

Et Satan conduit le bal... !, conduit le bal !

Las voces del coro se pierden debajo del canto de la estrella de la noche. Todo está bajo su dominio. Todo, absolutamente todo.

Le monstre abject insulte aux cieux ! À ses pieds le genre humain... pour fêter l’infâme idole !

Solti exige de la orquesta, superada en toda la línea por el joven barítono bajo, más de lo que puede dar. Hristov apenas sonríe, para beneplácito del viejo que se ha sentado a su lado. El joven barítono bajo se ha desentendido de la escena y, en su euforia, se ha lanzado a la búsqueda de la leyenda.

Et Satan conduit le bal... !

Le parece haberlo encontrado.

...conduit le bal !

Es él.

Et Satan conduit le bal... !

Es Hristov.

...conduit le bal !

Y lo está viendo.

La ópera ha terminado en ese momento, pero no la función. El espectáculo se concentra en los dos hombres que, en medio de la multitud, y sin que ésta se dé cuenta, se observan y se siguen.

―¿Qué le parece, maestro Hristov?

―No está mal ―responde Hristov, impertérrito.

Solti reanuda el segundo acto y espera, con la misma impaciencia que todo el auditorio, a que la ópera concluya, el momento del cese. “Ha sido anticlimático”, se dice. “No es posible alcanzar nuevamente esta cúspide”.

Los hechos representados se suceden, Margarita aparece para ser seducida por Fausto, descubre la joya, Fausto vence sobre su virtud, Mefisto persigue a la joven hasta en los momentos de su más íntimo recogimiento. Nada logra obtener el favor del público como lo logró “Le veau d’or”. La representación de la noche de Walpurgis parece un número de títeres; la condenación de Fausto, un clisé; la salvación de Margarita, una concesión. El aplauso final es tibio. Desfilan, entonces, las estrellas. La tercera, el joven barítono bajo, es ovacionado hasta la demencia. De nuevo encuentra la mirada de Hristov.

A una seña de Solti, el joven barítono bajo se prepara para repetir su aria. Dos notas. El silencio.

Le veau d’or est toujours debout !

Como si hubiera duplicado sus energías y sus potencias, el joven barítono bajo encara el aria con más furia que la primera vez.

Et Satan conduit le bal... !, conduit le bal !

Al término de la primera estrofa, Hristov se incorpora.

―Maestro... ―dice el viejo, y lo imita; y a él, todo el palco.

No tarda el teatro entero en ponerse de pie. Solti, acostumbrado, siente la tensión detrás de sí, tensión que sólo ha de romper el final del aria, los últimos versos, que se acercan vertiginosa, inconteniblemente. Las notas se suceden, el joven barítono bajo, extasiado, parece estar poseído por el espíritu de Mefisto. Extiende la diestra para ayudarse a proyectar la voz, Et satan conduit le bal... !, la contempla, contempla su vestuario, que de pronto le parece ridículo, caricaturesco, alejado de toda esta fuerza que lo invade, conduit le bal !, Hristov de pie lo contempla también, conduit le bal !, el coro una vez más se torna irrisorio, conduit le bal !, Hristov lo acompañará en la última línea pero él no lo sabe, Hristov en su palco abre la boca y se prepara para aplaudir, Et Satan conduit le bal... !, el joven barítono bajo, al borde del éxtasis, lo escucha, vuelve a contemplarse a sí mismo, tan diminuto, conduit le bal !, tan lejano, conduit le bal !, allá en el escenario, conduit le bal !, el acorde final se impone, todo ha terminado, el teatro estalla, se le ha entregado, lo escucha, escucha cómo lo aplauden, lo ovacionan, lo aclaman, él mismo se encuentra en ademán de aplaudir y se sorprende, se sorprende al descubrirse en un palco, al contemplarse ostentando un sobrio traje negro, al notar las arrugas en sus manos, al escuchar a su lado a un viejo que le dice:

―¿No cree usted que ha estado magnífico, maestro Hristov?¬



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AUTOR

ENSAYO


Julio Romano.


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