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Revista Anagnórisis | Una relectura de la tradición | El retorno de la aurora

UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN

ERIK CASTILLO




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El presente número de Anagnórisis se encuentra ilustrado con la obra del pintor Daniel Lezama (Ciudad de México, 1968). Agradecemos al artista y a la galería Hilario Galguera el apoyo para la reproducción de las imágenes. Como introducción, presentamos a nuestros lectores algunos fragmentos del ensayo El retorno de la aurora del crítico de arte Erik Castillo. La madre pródiga y algunas otras obras de Daniel Lezama pueden consultarse en su sitio web.






UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN | ANAGNÓRISIS #3
El retorno de la aurora
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Paz


ILUSTRACIÓN | Daniel Lezama | Cita bajo el volcán, 2010 | Óleo sobre lino | 320 x 480 | Colección privada, Austria.

Daniel Lezama no es un artista conservador, devoto de la reproducción de los manifiestos del realismo, ni un tradicionalista en espera de aportar un pedazo más de identidad, para el acervo diurno de la conciencia nacional mexicana (aunque sí es un herético tradicionalista que trabaja, asombrosamente, para el acervo saturnal de la inconsciencia mexicana). Lezama pudiera ser definido, más bien, como el inventor de una inmensa maquinaria de mecánicas iconográficas, que encontró en la saga vernácula mexicana, no simplemente un pretexto creativo, sino su único referente crucial.

(…)

La madre pródiga narra, maquina, el periplo misterioso (¿mistérico?) de una nación absolutamente fuera de un horizonte histórico concreto. Produce, de inmediato, la impresión de un devenir colectivo que se remonta a la era del “espejo oscuro”, suerte de tiempo original mexicano, en el que se compactan los avatares de los siglos hasta encontrar un remanso fundacional en la teofanía guadalupana: el día del nacimiento de la pintura, bajo el influjo de la Madre-Tierra y a manos de un niño sagrado, Juan Diego/Piltzintli. Siguiendo las conclusiones de Carlos Montemayor, pudiera decirse que, si tzintli es la raíz de “chingar” y el niño azulado que cae, de la mítica indígena, es el manantial del gozo en el mundo, entonces chingar a su madre es también la maravilla de pintar a su madre. Ahí está una parte de todo lo que se cuenta en La madre pródiga y en las obras donde el pintor, redescubriendo el sentido primigenio de la figura de Tonantzin, asimila la imagen de la Virgen de Guadalupe con una vagina. Otra, reside en un género de interpretación que tiene mucho que ver con la historia de la mentalidad occidental y, nada casualmente, con la historia de la gran pintura europea: el discurso de la Alquimia. En este sentido, la pintura que nos ocupa sería un Opus Magnum, o sea, un proceso en el cual lo que llamé (siguiendo las palabras del propio Lezama) los días del espejo oscuro, sufriría una metamorfosis hacia otra condición que está representada, en la parte que vemos a la derecha del cuadro, por el advenimiento de la aurora, figura en perfecta consonancia con la jerga alquímica.

La interpretación alquímica se refiere, por supuesto, a lo que ocurre –físicamente– en el puro paisaje cuando regresa la luz de la mañana, cosa que, por cierto, fue un fenómeno entrañable en la inmemorial cosmovisión mesoamericana; también se refiere a lo que opera –psíquicamente– en la colectividad que el pintor agolpa en la escena y en el individuo que contemple la pintura, quienes figuran y reciben, respectivamente, el don mistérico de pasar –cito a continuación un pensamiento de Lezama– de la sobrevivencia (aspiración existencial femenina) a la reconciliación (aspiración existencial masculina).

(…)

La madre pródiga no versa sobre la aventura de “los mexicanos a través de los siglos”, porque es, en todo caso, un modelo alegórico del estigma que pesa sobre la existencia de un solo individuo que, por principio, es el artista mismo y, en segundo lugar, cualquiera de nosotros (igual que le “sucedió” a Juan Diego en el milagro del Tepeyac): el proceso del cuadro está aconteciendo espectador adentro, en la interioridad del contemplador, pues a final de cuentas México es un relato que cada mexicano –sobre todo el mexicano olvidado– carga en sí. De acuerdo con esta lectura, el mecanismo mistérico (sublimador) que enciende en su potencial testigo La madre pródiga, tiene que ver con la propuesta de una iniciación, con el tránsito por un pasaje y con la posibilidad de una liberación. ¿De qué? Al término de esta Eleusis de la recepción estética, el espectador, el misto, habrá olvidado el influjo de la historia y conseguido derrotar, por unos instantes, lo que Lezama llamó “el sueño oscuro de México (…) el rostro sangriento de Tezcatlipoca”: jugando a descifrar, fantaseo que La madre pródiga estaría concebida para hacernos negar –durante la contemplación– a la muerte y a la Patria, trasladándonos al imperio de una Matria, vale decir, a un estadio civil que recibe de la ficción artística, primero el poder de cancelar los atavismos y la obsesión por el protagonismo político del Estado-Padre (vigilia) y luego, el don de fundirse en el manto biosocial de la Madre (sueño). Contra lo que se pudiera pensar, el retorno a la Madre que estoy interpretando, nada tiene que ver con la esperanza de una evolución camino de la concordia social o con la nostalgia de una Edad Dorada ecuménica; al contrario, sería algo así como la inmersión en un presente en el que se conjugan la víspera de la carnalidad más allá de la política y sus leyes, la conciencia plena de la finitud y la gracia de vivir ardiendo.

(…)

Autor de uno de los archivos ficticios más impresionantes que se hayan construido sobre el México y el mexicano profundos, Lezama sueña que México sueña que se hunde en el claroscuro del volcán de sus pulsiones premodernas, modernizadoras y postmodernistas: sólo así podremos responderle a la esfinge de la historia el acertijo del ser y entonces disolver la trama del laberinto que nos oprime.¬



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AUTOR

ARTES PLÁSTICAS


Erik Castillo.


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