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Revista Anagnórisis | Una relectura de la tradición | Luis Ignacio Helguera (1962-2003)

UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN

EUSEBIO RUVALCABA




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UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN | ANAGNÓRISIS #3
Luis Ignacio Helguera (1962-2003)
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Paz





1) Luis Ignacio Helguera falleció el 10 de mayo del 2003.

2) Nos unía la música. Y el alcohol. Jamás la literatura ni otra circunstancia. Nunca compartimos escritores favoritos ni momentos climáticos de la poesía, de un buen cuento, de una novela ejemplar. Porque seguramente íbamos a de-nostar el uno del otro.

3) Bebedor lo era, a ultranza. Pero la devastación acentuaba su burguesía. Bebía con especial fruición en la Condesa, en San Ángel, en Polanco. Recuerdo que alguna vez estábamos en el Xel-Ha, en las calles de Michoacán. De pronto le dije vámonos a chupar al centro. Puso cara de preocupación y simplemente respondió: No, porque allí asaltan.

4) Telefónicamente hablábamos por horas. Sobre todo cuando su muerte llamó a la puerta. Esto no tiene explicación, pero así era. Yo ya tenía varios años de ser su amigo, y él de ser amigo mío. Nos íbamos a beber a la Providencia —en la buena época de esta cantina, que la tuvo—, colocábamos en la mesa nuestro reproductor de casets, y nos poníamos a escuchar conciertos y sinfonías mientras conversábamos sobre temas tan triviales como las mujeres.

5) Pero la música era tema obligado. Hablábamos de nuestras obras predilectas, de nuestros autores privilegiados. En el único que siempre coincidíamos era en Brahms. Proveniente de amantes de la gran música, sus ojos se nublaban cuando evocaba a su padre tocando el piano. La música es un campo fértil. Se puede hablar por horas de las sonatas, de los tríos, de los cuartetos. De la vida de los músicos, de tal o cual versión. Pero si además hay un momento de carne y hueso en ese tráfago, un momento ya desaparecido y que no volverá jamás, la emoción crece hasta límites insospechados. Entonces no hay más remedio que recurrir al alcohol o al llanto.

6) Digo que hablábamos por horas. Parecíamos mujeres. Él vivía en la calle de Veracruz, en el corazón de la Condesa —antes había vivido en San Ángel, en la calle La Otra Banda. Me contaba cualquier pendejada. Como su chava —Gabriela Islas— no vivía con él, cualquier cosa le resultaba problemática. Lavar, prepararse algo de comer, hacer la cama. Me lo contaba desesperado. Nunca lo visité. Más inútil yo que él, mejor hablábamos de Rachmaninov. Entonces la conversación fluía como torrente de agua cristalina.

7) Sobrino de Eduardo Lizalde —sobrino de Enrique Lizalde—, él, Luis Ignacio Helguera Lizalde, pertenecía a una elite de suyo guardiana del orden intelectual y de las buenas costumbres. Amigo desde luego de Salvador Elizondo, de Gerardo Deniz y de cualquiera perteneciente a la cúpula del poder, yo solía reírme de sus pretensiones.

8) Nuestra discrepancia en la música era Schubert. A él le parecía aburrido y previsible. Demasiado edulcorado. No sé cómo sabes de música, le decía yo.

9) Habíamos quedado en vernos el 10 de mayo —o tal vez el 9. Yo había comido con Vicente Quirarte. Intenté localizar a Luis Ignacio, pero me respondió la contestadora.

Estaba yo demasiado briago para irlo a ver —desde Tlalpan a la Condesa la distancia es cuesta arriba. Lo volví a llamar una y otra vez pero jamás respondió. Estaba muerto. Acababa de morir.

10) Más tarde me enteré de algunos pormenores. Que si perdió el equilibrio en la escalera. Que si había decidido bajar para comprar una botella de vino porque estaba “esperando a Eusebio”. Que si mi nombre fue la última palabra que pronunció porque sabía que en cualquier momento yo llegaría. Que si alguien lo subió y lo dejó acostado en su cama —donde minutos después moriría ahogado en su propio vómito. Lo que sí es un hecho es que Gabriela me mostraría las últimas líneas que Luis Ignacio escribió, en donde hablaba de un papel italiano que con toda seguridad “le va a gustar a Eusebio”.

11) Siempre me asombró su cultura, lo mismo literaria que musical —es decir, con él era posible hablar de cualquier cosa. Respecto de su poesía, en el tramo final la poesía desgarrada lo hizo suyo. Dejó de escribir sobre asuntos triviales y escribió sobre él mismo. Sobre su corazón hecho pedazos. Sobre su alma con tufo de alcantarilla. Sobre su ser que se le iba de las manos. Sobre ese ser grande suyo que lo estaba abandonando sin remedio alguno. Sobre su hermosa hija, a la que se topaba en sueños amortajados por el alcohol.

12) Tengo su anforita. Gabriela me dijo: Es tuya, Eusebio. En ningunas manos podría estar mejor.

13) Su libro El atril del melómano es imprescindible en la biblioteca de cualquier amante de la música que se respete. Ahorita lo está releyendo en el infierno. Con un whisky. Mientras escucha a Brahms.¬



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Eusebio Ruvalcaba.


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