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Revista Anagnórisis | Una relectura de la tradición | Paraísos epistolares

UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN

ROMÁN ALONSO




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UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN | ANAGNÓRISIS #3
PARAÍSOS EPISTOLARES
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Paz

• Octavio Paz y José Luis Martínez.
Al calor de la amistad. Correspondencia 1950-1984
FCE | CONACULTA
México, 2014.
220 pp.

Es cierto que la lectura del mundo puede mostrarnos un infierno del tipo entrevisto por Sartre: “el infierno son los otros”, pero también es cierto que siempre nos queda la opción de “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio” (Italo Calvino, Ciudades imaginarias). Octavio Paz (1914-1998) encontró ese espacio de no-infierno, por ejemplo, en la compañía de André Breton y Benjamin Perét. A su lado, el poeta mexicano tenía, en sus propias palabras: “la impresión, extraña entre todas, de que en lugar de disminuirme me aumentaban, me hacían más grande o mejor de lo que era realmente” (Octavio Paz, Cartas a Tomás Segovia, FCE, p. 68). Paz también supo crear y extender en su trato con los otros (incluso en sus relaciones epistolares) ese espacio de conversación y compañia que eleva el nivel de la vida personal. Así lo recordaría José Emilio Pacheco, en la última entrevista de su vida: “Desde la India, Paz nos mandó a todos los de esa época excelentes cartas que nunca supe responder a ese nivel” (Confabulario, El Universal, 1 II 2014).

Ahora, Rodrigo Martínez Baracs –hijo de José Luis Martínez– ha editado la correspondencia (1950-1984) entre Octavio Paz y su padre en un libro con más de setenta cartas –entre telegramas, cables, telex y postales– donde prevalece la voz inconfundible del autor de Piedra de sol. El libro, por desgracia, no incluye un índice onomástico (error compartido por otros libros de correspondencias de Paz, con excepciones notables como Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997).

En Al calor de la amistad. Co-rrespondencia 1950-1984 nos enteramos –o mejor: corroboramos– que Octavio Paz supo reconocer en José Luis Martínez (1918-2007) un “modelo de amistad, cortesía, precisión” (carta del 20 de diciembre de 1961). O como dice Paz: “uno de los poquísimos amigos verdaderos con que cuento en mi terrible país” (carta del 10 de abril de 1966, el subrayado es del propio Paz).

Entre otras cosas, la relación difícil del poeta con México se ve de forma clara en estas cartas. Desde Nueva Delhi, Paz le escribe a Martínez (carta del 12 de agosto de 1966):

En cuanto a mí, ya conoces la relación mórbida, de péndulo, que me acerca y me aleja de mi país. Me fascina y me aterra. Misterio semejante al de un imán que alternativamente atrae y rechaza. Lo curioso es que muchos jóvenes sienten lo mismo: Cuevas, Fuentes [...], Aridjis. ¿Qué nos pasa o qué le pasa a México con nosotros?

Para el Paz lejano de aquellos años, México era, acaso, poco menos que un limbo intelectual.

Aunque cordial, el diálogo epistolar entre ambos escritores no dejaría de ser crítico: en carta escrita desde Kasauli (India, 6 de junio de 1968), Paz le cuestionaría a Martínez su aproximación deficiente al tema de la nueva literatura joven en México. Escribe Paz:

Un tema difícil: el criterio meramente biológico de juventud no es aplicable a la literatura –lo que cuenta es el cambio, independientemente de la edad: el viejo Whitman tanto como el adolescente Rimbaud, el Mallarmé de Un coup de dés o el jóven Apollinaire. La literatura es joven cuando los autores, sean jóvenes o viejos, cambian el lenguaje de una época –en el sentido más amplio y radical de la palabra lenguaje: la visión del mundo y de las cosas. Si se piensa en Carlos Fuentes, Jaime Sabines, Tomás Segovia, Salvador Elizondo, Zaid, Montes de Oca y otros pocos más (novelistas y poetas) sí puede decirse que en México existe una nueva (joven) literatura.

Años después, también vía epistolar (22 de noviembre de 1982), José Luis Martínez le corrige “algunas pequeñeces” a un ensayo de Paz (“El arte de México: materia y sentido”). Eran, en palabras del criticado (24 de noviembre de 1982), “amonestaciones, benévolas pero justas”.

Las cartas de Paz –escritas desde la India, Estados Unidos, Japón, Francia y México– son de igual manera una evidencia concreta de los encuentros del escritor con la vida verdadera: encuentros maravillosos con Duchamp, Marianne Moore y John Cage en Estados Unidos; reencuentros de azar objetivo con Marie José en París, entre otros. Aún así, muchas de las comunicaciones compiladas en Al calor de la amistad no dejan de ser cartas o telegramas circunstanciales sin la menor importancia literaria (acaso historiográfica): documentos, en el árido sentido de la palabra; diálogo burocrático, cortesía y rutina de todos los días en el servicio diplomático.

En otra correspondencia ya publicada (Jardines errantes. Cartas a J. C. Lamber 1952-1992), Paz habló de sus días de piedra (dilatados periodos de aridez y de silencio): verdaderas temporadas en el desierto de la nada. En carta fechada el 3 de septiembre de 1952 y escrita en Tokio, Paz le dice a su amigo francés:

Aquí, en esta horrible ciudad –y en este hermoso país todo es bello, salvo Tokio– no pasa nada, excepto el tiempo. Y el tiempo ¿realmente pasa? A veces pienso que vivo fuera del mundo, en otro tiempo, y lo que me rodea es una espantosa –por mediocre– decoración teatral de una obra realista.

A veces los relámpagos de la poesía iluminaron el instante solitario: serían verdaderos vaticinios de la tormenta (confluencia de fuerzas contrarias) que animaría con los años su escritura; claros atisbos de los futuros días de agua.

La dedicatoria que hace Paz a José Luis Martínez de la última versión del poema Delicia (en carta del 26 de junio de 1979) es, en este sentido, esclarecedora, porque el poema habla de la poesía como de un agua que brota incluso en el mundo seco, ceniciento, jerarquizado y servil de la burocracia. Dice un fragmento de Delicia:

Entre conversaciones y silencios,
lenguas de trapo y de ceniza,
entre las reverencias, dilaciones,
las infinitas jerarquías,
los escaños del tedio,
los bancos del tormento,
naces, delicia, alta quietud.

Se trata de un poema escrito en una oficina de México, tal vez en la Comisión Nacional Bancaria donde Paz trabajaba supervisando la quema de los billetes retirados de circulación. Desde la primera versión publicada en el poemario A la orilla del mundo(1942) el poema resultó del agrado de Martínez, quien le recomendaría a Paz (en su respuesta del 16 de julio de 1979) rescatar alguna estrofa de la segunda versión (publicada en Libertad bajo palabra, 1960) que ya no figuraba en la versión definitiva. Los siguientes son algunos versos de la estrofa omitida:

Por ti, delicia, poesía,
breve como el relámpago,
el mundo sale de si mismo
y se contempla, puro, desasido del tiempo.
Pueblas la soledad del solitario
y en el arrobo aíslas al hombre encadenado.

El gesto de la dedicatoria es, por así decirlo, la coronación de su alta amistad, iniciada en 1939 y sólo interrumpida con la muerte del poeta en 1998. Cito enseguida un fragmento del discurso que pronunció Paz al recibir el premio Ollin Yoliztli (1980), incluido en el apéndice del libro:

Montaigne decía que el reconocimiento conserva los beneficios recibidos en la memoria mientras que la gratitud se guarda en el corazón. El reconocimiento devuelve aquello que se debe y es, en cierto modo, un pago; la gratitud sabe que hay deudas que no se pagan ni pueden pagarse porque hay cosas que no están sujetas a medida alguna.

Entre Octavio Paz y José Luis Martínez no se tejió tanto un reconocimiento como una gratitud. El libro editado por Rodrigo Martínez Baracs, más que un fecundo diálogo literario o una complicidad intelectual entre líneas, nos deja entrever el calor de una amistad equilibrada, cordial y auténtica que transcurre entre días de piedra y días de poesía. Es la relación epistolar entre dos espíritus afines que supieron fundar en su amistad el

[...] perdido paraíso,
sepultado secreto de este mundo.


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AUTOR

CRÍTICA LITERARIA


Román Alonso.


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