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Revista Anagnórisis | Una relectura de la tradición | Los hijos de la ruptura

UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN

DIEGO JOSÉ




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Dice Gabriel Zaid que la historia literaria es hecha “por la gente que tiene conciencia de en dónde está la frontera, que inventa nuevos territorios, que los descubre y los coloniza”. En las siguientes páginas, Diego José ensaya una relectura crítica de las formas establecidas con que usualmente nos acercamos a leer la tradición poética mexicana.






UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN | ANAGNÓRISIS #3
Los hijos de la ruptura
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ILUSTRACIÓN | Daniel Lezama | Natividad en la montaña | Óleo sobre lino | 135 x170 | Colección del artista.

Durante el primer semestre de 1972, Octavio Paz dictó un conjunto de conferencias en la Universidad de Harvard como invitado a las célebres «Norton Lectures». El resultado de aquellas pláticas conformó el conjunto de ensayos Los hijos del limo (1974), donde sugirió un «paradigma crítico» para la comprensión histórica de la poesía moderna, a partir de los movimientos ocurridos durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Sin embargo, esta idea ha tenido una mayor repercusión en el análisis de la poesía mexicana posterior a las vanguardias, propiciando —en ciertos momentos— una confusión cuando se aplica a la teoría generacional, que a pesar de su consabido agotamiento, sigue resaltando en las discusiones sobre el acontecer de la poesía en nuestro país.

El concepto de modernidad ejerció en el pensamiento paceano, una fuerza de atracción que lo llevó a replantearse la ubicación histórica de nuestra poesía y, por consiguiente, de la suya. Modernidad y crítica son nociones inseparables en la argumentación que esgrime Paz para justificar a la denominada «tradición de la ruptura». En los primeros capítulos de Los hijos del limo se lee: «La razón crítica acentúa, por su mismo rigor, su temporalidad, su posibilidad siempre inminente de cambio y variación. Nada es permanente: la razón se identifica con la sucesión y con la alteridad. La modernidad es sinónimo de crítica y se identifica con el cambio; no es la afirmación de un principio atemporal, sino el despliegue de la razón crítica que sin cesar se interroga, se examina y se destruye para renacer de nuevo». Y más adelante define: «La modernidad es una separación. Empleo la palabra en su acepción más inmediata: apartarse de algo, desunirse. La modernidad se inicia como un desprendimiento de la sociedad cristiana.

Fiel a su origen, es una ruptura continua, un incesante separase de sí misma; cada generación repite el acto original que nos funda y esa repetición es simultáneamente nuestra negación y nuestra renovación». Aunque las huellas de Hegel en El arco y la lira y en Los hijos del limo son escasas —y en todo caso sometidas a juicio— su planteamiento proviene de una estructura dialéctica con tintes hegelianos, tanto en su aproximación al concepto de modernidad como en la lógica de su oposición crítica frente al pasado. En Hegel se identificaron cambio y ruptura como cualidades del «nuevo espíritu» que los tiempos modernos empujaban a finales del XVIII; también podemos hallar una postura semejante en los trabajos estéticos de Baudelaire que representarían el «Espíritu de la época» manifestado en las tendencias formales del arte moderno, que fueron el punto de partida para las reflexiones de Octavio Paz: «La modernidad es una tradición polémica y que desaloja a la tradición imperante cualquiera que ésta sea; pero la desaloja sólo para, un instante después, ceder el sitio a otra tradición que, a su vez, es otra manifestación momentánea de la actualidad». A esta sucesión crítica, Octavio Paz la llamó: «La tradición de la ruptura», fijando así un paradigma.

Dicha tradición se origina con el Romanticismo y se consolida con las vanguardias como una oposición estética y revolucionaria del arte, que se separa de la corriente anterior y se obliga a extraer de sí misma los criterios de autoafirmación necesarios; pero con las vanguardias también concluye esta etapa: «Los futuristas, los dadaístas, los ultraistas, los surrealistas, todos sabían que su negación del romanticismo era un acto romántico que se inscribía en la tradición inaugurada por el romanticismo: la tradición que se niega a sí misma para continuarse, la tradición de la ruptura», y continúa Paz: «Todos tenían conciencia de la naturaleza paradójica de su negación: al negar al pasado, lo prolongaban y así lo confirmaban; ninguno advirtió que, a diferencia del romanticismo, cuya negación inauguró esa tradición, la suya la clausuraba. La vanguardia es la gran ruptura y con ella se cierra la tradición de la ruptura».

Paz reconoce la escisión como continuum en que se fragmenta el presente, si las vanguardias son una reproducción que llegó incluso a ser una «mecánica de la ruptura», y si la modernidad implica un desgaste permanente del tiempo condenado a la aniquilación: ¿dónde perdura la obra de arte?, ¿qué sucede con su legado?, ¿puede la tradición disolverse? Esto condujo a Octavio Paz a la necesidad de establecer una certidumbre que afianzara la herencia de su literatura dentro del discurso de la modernidad; por esta razón, decretó el ocaso de la vanguardia, el fin de la ruptura y el anuncio de un nuevo paradigma generacional: «La poesía que comienza ahora, sin comenzar, busca la intersección de los tiempos, el punto de convergencia»: síntesis o pretendida conclusión de la dialéctica generada por la separación establecida por el espíritu crítico de la modernidad.

El modernismo fue una auténtica revolución del espíritu en la mayoría de las culturas latinoamericanas, como afirma Paz sobre Darío y Lugones, quienes crearon su propia tradición a partir de dicha conciencia; sin embargo, considera que los efectos de esta corriente en México fueron considerablemente menores, como apunta en su Introducción a la historia de la poesía mexicana: «Su modernismo es casi siempre un exotismo, quiero decir, un recrearse en los elementos más decorativos y externos del nuevo estilo». Para Octavio Paz, el lastre de la imitación estilística que habría caracterizado a buena parte de la poesía nacional del XIX, se modifica con López Velarde y con Tablada: «Más allá del valor intrínseco de la poesía de López Velarde, su lección y, en menor grado, la de Tablada, consiste en que ambos poetas no acuden a formas ya probadas y sancionadas por una tradición universal sino que se arriesgan a inventar otras, suyas e intransferibles». Paz no duda en declarar que «con López Velarde principia la poesía mexicana». ¿Se pueden establecer las obras de estos dos poetas como una auténtica ruptura, no solo con el modernismo sino con buena parte del clasicismo dominante en una extensa nómina de poetas anteriores?, ¿o mejor dicho, se trata de una demarcación personal fuera de toda corriente? Sin auténtico rompimiento: ¿podemos hablar de una «tradición de la ruptura» en México?

Siguiendo una lectura cronológica que aplique los conceptos sugeridos por Octavio Paz a la historia de nuestra poesía, diríamos que la «tradición de la ruptura» se inicia con Tablada y López Velarde, y concluye con la generación de Contemporáneos, acaso por su cosmopolitismo que era también una forma de exotismo; en cambio, Paz inaugura e instituye la «poesía de convergencia». Tengo la impresión de que Octavio Paz puso en la mesa estas ideas movido por la imperiosa necesidad de historizarse a sí mismo, pues su poesía devendría en puente para enlazar tradición y vanguardia, como «intersección de los tiempos», bajo los preceptos que él mismo estableció. Podría decirse que Paz se asumió como el punto de convergencia —síntesis de la dialéctica entre los postulados de la tradición y aquello que la vanguardia niega: un más allá de la ruptura—, donde propiamente comenzaría la poesía del presente: «La poesía contemporánea no rompe con la vanguardia: la continúa y al continuarla la cambia. No es un mo-vimiento, una escuela o, siquiera una tendencia: es una exploración individual».

Nada más consecuente con estas ideas que la organización de Poesía en movimiento: la antología culmina con López Velarde y Tablada; el grupo de Contemporáneos —como última generación anténtica— precede a Octavio Paz, quien sirve de vértice para ambos ejes: el pasado inmediato de la poesía mexicana y el futuro previsible entendido ya como «exploración individual»: Montes de Oca, Bañuelos, Becerra, Cervantes, Pacheco y Aridjis. Poesía en movimiento fue el experimento que confirmó esta lección crítica.

Como expresé al inicio, Paz instituyó su propio paradigma: por un lado, nos proporcionó, lo que —para Kunh en la ciencia— se denomina «un punto de vista establecido» argumentado con la «tradición de la ruptura», para plantear la «poesía de convergencia» como respuesta histórica al concepto de modernidad, la perduración de su obra y la posibilidad de anticiparse al «Espíritu de la época» por venir. Según Habermas «El ‘Espíritu de la época’, una de las expresiones nuevas que inspiran a Hegel, caracteriza a la actualidad como un momento de tránsito que se consume en la conciencia de la aceleración del presente y en la expectativa de la heterogeneidad del futuro». La convergencia no anula la ruptura, la asimila y la transforma. Sin embargo: ¿no ha sido, más bien conveniente trazar una lectura de la poesía mexicana, de por sí hegemónica bajo el criterio de una conciliación estética? Ni ruptura ni tradición: un cauce obligado a reconocerse, y a intentar orientarse en la dirección de tales supuestos.

Arriesgando un poco: ¿podemos considerar a Francisco Hernández, Elsa Cross, David Huerta, Marco Antonio Campos, José Luis Rivas, Efraín Bartolomé, Coral Bracho, Verónica Volkow, Silvia Tomasa Rivera, Javier Sicilia, Juan Domingo Argüelles o José Javier Villarreal, como referentes de una poesía post-convergencia? Pero la clasificación se enreda por la singularidad de cada autor y por la dificultad para trazar puntos de encuentro que no incurran en la reducción generacional ni en coordenadas temático-estilísticas, sobre todo porque la heterogeneidad de las rutas emprendidas por los poetas nacidos en las décadas del sesenta y setenta, que han crecido entorno a estas voces, han desembocado en una zona ambigua, latente, germinal y autogenerativa que intenta definirse, diferenciándose entre sí.

Apartar el esquema generacional no anula los rasgos contextuales de una obra, nos permite leer desde la exploración singular a los autores, intentando reconocerlos más allá de una imposición crítica, fijada por los paradigmas paceanos, con el fin de particularizar los periodos de creación de los poetas, pensándolos como nodos que constituyen una red de intercambios, influencias y alteraciones incidentales en los procesos de creación de nuestro tiempo. De esta manera, la originalidad o la continuidad de un proyecto, una obra o una voz poética particulares, no depende más de su ubicación dentro de la ruptura o la convergencia, sino con relación a la apertura de nuevos campos de exploración poética que pueden dialogar con distintas tradiciones, conformándose como un punto de referencia respecto a otros lenguajes, formas, discursos, poemas…¬



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