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Revista Anagnórisis | Una relectura de la tradición | Acatempan Revisited

UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN

MALVA FLORES




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Acatempan Revisited forma parte del libro El ocaso de los poetas intelectuales y la “generación de desencanto” (Universidad Veracruzana, 2010).






UNA RELECTURA DE LA TRADICIÓN | ANAGNÓRISIS #3
Acatempan Revisited
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ILUSTRACIÓN | Daniel Lezama | El amanecer | Óleo sobre lino | 190 x 145 | Colección del artista.

A mediados de junio de 1999, en las instalaciones deportivas del Centro Rayo para futbol rápido ubicadas al sur de la ciudad de México, se llevó a cabo un singular encuentro: los integrantes de una joven revista cultural, observados desde las gradas por su director, Enrique Krauze, se enfrentaban a los miembros de otra revista, Nexos, en amistoso partido de futbol. Atrás habían quedado las rencillas producto de la pelea entre Nexos y Vuelta sobre el engorroso asunto del Encuentro La experiencia de la libertad, realizado por Vuelta en 1990, y el posterior Coloquio de Invierno, organizado en 1992 por la revista Nexos, la UNAM, el CONACULTA y, como organizadores independientes, Carlos Fuentes y Jorge G. Castañeda.

Quizá en el polvo que los jugadores levantaban permanecían las historias que, años antes, habrían hecho imposible la realización del partido. Las declaraciones que sobre Fuentes formuló Krauze durante la presentación de La historia cuenta ya no importaban a nadie. El juego del hombre los reunía.

“No requiere Fuentes una retractación, ni yo un perdón que nunca le pediré […] una diferencia tan profunda como esa no se resuelve con un abrazo de Acatempan”[1], había dicho Krauze en aquella presentación. Ahora parecían haber quedado atrás los cientos de declaraciones y páginas que la prensa, los suplementos y revistas culturales dedicaron a la conocida confrontación que se había iniciado con la publicación del texto de Krauze: “La comedia mexicana de Carlos Fuentes” en 1988. Sin embargo, ése había sido sólo un episodio de la añeja disputa entre distintos actores intelectuales sobre su postura frente al Estado. En líneas generales, y para el último cuarto del siglo pasado, el origen de ese enfrentamiento puede rastrearse tomando como punto de referencia la discusión que en las páginas de Plural se llevó a cabo en torno a la “apertura democrática” de Luis Echeverría y la actitud del gobierno durante los hechos violentos del Jueves de Corpus, el 10 de junio de 1971.[2] Fuentes —recordemos— había solicitado un voto de confianza para que Echeverría investigara y sancionara a los responsables de los sucesos. Ante la prolongada demora de resultados, Gabriel Zaid propuso al narrador que emplazara a Echeverría para aclarar su participación en los sucesos y, de no hacerlo, le retirara su apoyo.

Como sabemos, las distintas concepciones sobre la relación entre los intelectuales y el poder suscitaron diversos enfrentamientos durante más de 20 años[3] hasta alcanzar un punto álgido en 1992, a raíz de las controversias provocadas por el Coloquio de Invierno, la publicación de los libros de texto gratuitos y la designación de José María Pérez Gay como director del naciente canal 22 de televisión. Ese año tuvo como remate una breve reyerta literaria, aunque este último debate en el siglo que terminaba no adquirió nunca las proporciones de otras importantes polémicas literarias acaecidas en las medianías del siglo xx mexicano y parecería sólo una sombra de aquella protagonizada por el grupo de Contemporáneos que, ante la idea de una cultura nacionalista, defendía nuestro diálogo con la tradición universal moderna. Sin embargo, cabe recordar la observación de Guillermo Sheridan, en el sentido de que

[…] no puede ignorarse que algunas variantes tópicas de naturaleza ideológica del debate sobre nacionalismo posterior a la Revolución serán visibles en los proyectos li-terarios identificables con el proyecto “realista socialista” de la década de los treintas […] en las recientes discusiones sobre literatura light, o el renovado aliento de otros sentimentalismos literarios: neoindigenismo, neocostumbrismo, neohistoricismo, literatura genérica (feminista y/o gay).[4]

Así, la literatura light y la difícil fueron los polos de esa otra contienda; posdata a las trifulcas en torno a lo que Paz definió como una “conjura de los letrados”, en referencia a la realización del Coloquio de Invierno. En efecto, amén de las divergencias ideológicas, el poeta creyó advertir allí un propósito discutible: “más allá de la significación política inmediata del Coloquio, subrayo algo que a mí, como escritor, me parece esencial: esa reunión fue un episodio de una campaña para apoderarse de los centros vitales de la cultura mexicana. Esta es la verdadera significación de la polémica actual”[5].

En medio de la agitación que esta agria polémica había desatado, en su número 3 del 26 de marzo de 1992, la revista Macrópolis publicó una serie de opiniones a cargo, entre otros, de Rafael Pérez Gay, Jaime Aljure, Guadalupe Loaeza y Margo Su, reunidas bajo el título de “Por una literatura fácil”; opiniones a las que la revista Vuelta respondió en los números 186 (“La herencia de los Contemporáneos”) y 188 (cuyos artículos principales se agruparon bajo el nombre de “Defensa de la literatura difícil”. En su editorial, Aurelio Asiain afirmaba:

En nuestro país, un grupo de periodistas doblados de escritores —y metidos, con buena fortuna, a editores— se pronuncia desde hace años por una “literatura democrática” que, definida plebiscitariamente, encuentra su legitimidad en su naturaleza política antes que en sus virtudes literarias. Con el loable propósito de fomentar el desarrollo del mercado literario nacional mediante la introducción de baratijas, las obras “democráticas” defienden como su mayor virtud su ligereza y propagan el gusto por lo anecdótico. No es extraño que estas bodas de la ideología y el mercado reciban el padrinazgo de nuestros educadores, cuya visión instrumental no percibe en la literatura sino un instrumento didáctico, un documento útil para la historia, una herramienta para la formación del sentimiento nacional y un elemento de cohesión social de las mayorías. De la literatura light al libro de texto hay sólo un paso.

No era extraño que las “bodas de la ideología y el mercado” fueran denunciadas por un joven poeta; el mismo que a la muerte de Octavio Paz reunió a más de 25 poetas con el propósito de lanzar una nueva revista: Paréntesis, que en sus escasos 17 números se apartó de la discusión política para concentrarse, exclusivamente, en contenidos literarios. Por lo pronto, sus palabras en aquel número de Vuelta eran un rechazo a lo expresado por el Consejo Editorial de la revista Nexos que, en el número 173 del mes de mayo de ese año, había reaccionado a la supuesta “conjura de los letrados”. Entre los argumentos de Nexos se advertía sobre el “éxito de público y prensa” del Coloquio, un acierto que “quienes se glorian tanto de escribir sólo para los lectores, para la sociedad, y en ningún caso para el Príncipe, deberían aceptar con humildad”. La fortuna de sus resultados era, para los editores de esa revista, una prueba irrefutable del “vigor cultural del país” y, de igual modo, una clara evidencia “de un mercado cultural en crecimiento”.[6] Poco tiempo después, Héctor Aguilar Camín recordaba aquel momento y aquella rivalidad como una lucha por el mercado[7], a lo que Krauze aludió señalando: “No somos nosotros los que hemos introducido esa equiparación vulgar de la cultura con el comercio. Hacer poemas no es lo mismo que hacer refrigeradores”.[8]

La mayoría de los autores publicados por Vuelta en favor de la “literatura difícil” fueron poetas. Este hecho quizá determinó el modo particular de entender y abordar el problema. Así por ejemplo, en “Las ventajas de la condición minoritaria”, Hans Magnus Enzensberger recordaba cómo Flaubert o Baudelaire se habían empeñado en “no complacer al gusto popular y [en] proteger a su obra contra la intrusión de los valores comerciales”[9], valores desdeñados por la poesía, siempre renuente a cualquier intento de mercantilización. Por lo visto, debajo de esta polémica corría aún el río subterráneo de la añeja querella sobre la autonomía del arte y la relación del artista con la ética y el gusto burgués.

Destacar esta disputa como una pugna entre poetas, narradores y especialistas formados en la academia, tal vez reduciría el sentido de la discusión. Sin embargo, no es del todo descabellado advertir que la divergencia frente al saber especializado revela la aparición de un nuevo escenario, no muy propicio ya para la opinión del intelectual público que, en el México de ayer, reclutó entre los poetas a algunos de sus exponente más destacados. En ese terreno, vale preguntarnos cuál ha sido la actitud de los poetas mexicanos de la generación que nos ocupa y cómo fue que las circunstancias históricas y sociales contribuyeron al decaimiento de una figura, la del poeta intelectual, que desde el periodo de Independencia había hecho de la participación política y de la discusión pública de los problemas nacionales una actividad sólo excepcionalmente reñida con su quehacer estrictamente poético.

Resultaría paradójico hablar del ocaso de los poetas intelectuales situando el fenómeno justamente en la segunda mitad del siglo xx, sobre todo si se considera que uno de sus mayores protagonistas fue Octavio Paz: un poeta que, según lo vio José Luis Martínez, fue el último “cacique cultural” del siglo pasado.[10] Decir que las letras mexicanas del siglo xx se sellaron el 19 de abril de 1998, día de la muerte de Paz, es un claro homenaje del crítico, aunque también es el resumen de un periodo histórico que, para efectos de esta reflexión, inicia en la década de los sesenta.

Amén de los acontecimientos del 68 y el 71 y de la irrupción en el ámbito intelectual de los especialistas, así como del encumbramiento de ciertos narradores empujados por un mercado editorial con nuevas reglas —en donde la poesía ya no tiene lugar—, creo que el crepúsculo de los poetas intelectuales se debe a la paulatina desaparición de esa vertiente romántica que veía al poeta como el guardián de una verdad moral que, en sus ejemplos más destacados y gracias a esa misión, se transformaba en una suerte de conciencia crítica de su tiempo. Si Paz representa el último poeta de esta estirpe romántica, el examen de su papel como inteligencia pública resulta imprescindible para entender el panorama cultural de nuestro país en el siglo pasado.[11] Sin embargo, pese a su enorme e innegable influencia, el panorama de nuestra actividad intelectual no podría ser abordado mediante el análisis de una sola de sus figuras aunque, citando a Héctor Aguilar Camín, Octavio Paz haya defendido “su lugar en el mundo, lo cual me parece muy bien, salvo porque es un lugar enorme y no hay modo de no toparse con él”.[12]

Cuando aquellos jóvenes integrantes de Letras Libres se enfrentaron en partido amistoso a los colaboradores de Nexos, parecían cerrar simbólicamente 25 años de enfrentamientos. No se trataba de un acto similar al que en 1869 dio origen a El Renacimiento, cuando los escritores mexicanos, olvidando divisiones políticas, se reunieron en torno del espíritu nacionalista para crear un nuevo órgano de expresión literaria. Lo único cierto aquí es que, 130 años después, otro capítulo de la vida literaria y cultural mexicana parecía estar cerrándose en una cancha de futbol.

Somos herederos de una tradición intelectual —escribió Enrique Krauze en la presentación de la versión electrónica del primer número de Letras Libres— que por más de dos decenios encarnó en la revista Vuelta de Octavio Paz. Creemos en la calidad literaria y la claridad intelectual, en la libertad política y la democracia. […] Pero Letras Libres no será una vuelta a Vuelta, y no sólo porque aquella revista es indistinguible de la vida y obra de Octavio Paz, sino porque las circunstancias de toda índole son muy distintas.[13]

Curiosamente, en su versión impresa existía un matiz en relación con “la herencia” de Paz. Allí decía Krauze: “Aunque publicaremos a los destacados autores que concurrieron en sus páginas [las de Plural y Vuelta], en Letras Libres —nombre acuñado por el propio Paz— no nos sentimos herederos automáticos de su legado: haremos lo posible por conquistarlo”.[14] Ya para el número 7 (julio de 1999), esta herencia había sido conquistada, pues Letras Libres aparecía —en un “Árbol hemerográfico de la literatura mexicana”, preparado por el consejo editorial de la revista y firmado por Christopher Domínguez Michael— como la heredera directa, no sólo de Vuelta sino, partiendo de Contemporáneos, del tronco robusto de nuestras revistas literarias, al que coronaba.

Efectivamente, los tiempos y las circunstancias eran distintos; sin embargo, los editores consideraron necesario publicar una carta de Octavio Paz dirigida a Enrique Krauze en 1990, que de alguna manera justificaba la aparición de esta nueva revista y daba un espaldarazo a quien asumiría durante siete años la subdirección de la misma: Fernando García Ramírez. En aquella misiva el poeta planteó la necesidad de transformar o crear una nueva revista para evitar “la triste suerte de la Nouvelle Revue Française o de la Revista de Occidente.”

Añado —puntualizaba Paz— que no basta con tener ideas y propósitos nuevos; hace falta también un director y un nuevo grupo. Por supuesto, la nueva publicación (la nueva Vuelta, en su segunda época) tendrá que ser una revista de cultura. Los miembros de su Consejo de Redacción (no más de cinco) deberían escogerse dentro de los que hoy son parte de nuestro grupo. Pienso, sobre todo, en Adolfo Castañón, en Aurelio Asiain y en Fernando García Ramírez.[15]

Ninguno de estos tres escritores, dos de ellos poetas, asistieron al partido de futbol que se realizó en la cancha del Centro Rayo.[16] De los que sí entraron al juego sólo hubo un poeta: Julio Trujillo, futuro secretario de redacción de Letras Libres y quien, con motivo de su participación en un festival de poesía organizado en 2003 por la Fundación Pablo Neruda, fue cuestionado sobre el papel y el trabajo del poeta: “En ese trabajo personal —señaló en esa entrevista— podrá reflejarse una temperatura social, un pulso político, o no... [pero] ya no es algo necesario. No es algo que busque la gente, ya no es una calificación”.[17]

Treinta años atrás, aún vivos en la memoria los hechos de Tlatelolco y del Jueves de Corpus, en el suplemento de Plural titulado “México 1972: Los escritores y el poder”, Octavio Paz decía:

La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los Pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragon, ha puesto en ridículo a Sartre, le ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo: escupir contra nosotros mismos.[18]

De la sentencia de Paz a la declaración de Julio Trujillo sólo hay tres décadas de distancia. En ese periodo surgieron algunos poetas cuya obra es parte ya de nuestra tradición. Si bien es muy posible que Trujillo hiciera referencia al tipo de poesía social que devino panfleto o militancia, llama la atención que en la misma fecha en la que respondió a la entrevista, David Huerta reflexionaba sobre el desinterés de los poetas actuales acerca de cualquier otra cosa que no fuera “lo suyo”. Los comparaba con

los románticos de verdad [que] no se confinaban a la expresión lírica y se ocupaban de asuntos históricos, mitológicos, religiosos […] Estaban interesados en todo y en todos. […] Ahora debemos conformarnos nada más con lo que le pasa al poeta en su vida y con la noticia que de ello nos da en sus versos. Muy poca cosa, en realidad.[19]

¿Qué ocurrió en ese periodo para que los poetas que actualmente cuentan con una obra de madurez se conformaran con ofrecernos, exclusivamente, las noticias de su vida y, en su inmensa mayoría, abandonaran ese papel que antes les resultaba natural?¬



[1] “No requiere Fuentes una retractación ni yo un perdón que nunca le pediré: Enrique Krauze” La Crónica del Hoy. Cultura (7 XII 1998).
[2] Véanse los números 11, 12 y 13 de Plural (agosto, septiembre y octubre de 1972).
[3] Entre ellos destacan la discusión, desde las páginas de Proceso, entre Paz y Monsiváis en 1977, a raíz de las declaraciones del poeta sobre los intelectuales de izquierda y puede seguirse en las polémicas sobre la situación política en Centroamérica —y las discusiones que provocó en 1981 la publicación en Vuelta del artículo de Gabriel Zaid “Colegas enemigos”—, la nacionalización de la banca en 1982, el dis- curso de Paz al recibir el Premio Internacional de la Paz en Frankfurt, en 1984; la publicación de “La comedia mexicana de Carlos Fuentes” de Krauze en 1988, los acontecimientos del 6 de julio de ese mismo año y los encuentros de intelectuales referidos al inicio, entre otros muchos.
[4] Guillermo Sheridan. México en 1932: la polémica nacionalista, p. 31.
[5] Octavio Paz. “La conjura de los letrados”, Vuelta 185 (abril, 1992), p. 13.
[6] “Nexos y el Coloquio de invierno”, Nexos 173 (mayo, 1992), p. 7.
[7] Alejandro Toledo, Creación y poder. Nueve retratos de intelectuales, p. 34
[8] Ibid., p. 52.
[9] Hans Magnus Enzensberger, “Las ventajas de la condición minoritaria”, Vuelta 188 (julio, 1992), p. 22.
[10] José Luis Martínez, “Los caciques culturales”, Letras Libres 7 (julio, 1999), p. 29.
[11] Yvon Grenier ha estudiado ampliamente este asunto en Del arte a la política. Octavio Paz y la búsqueda de la libertad (2004).
[12] Alejandro Toledo, op. cit., p. 34.
[13] Enrique Krauze, “Chiapas: Redención o democracia”.
[14] Enrique Krauze, “Presentación”, Letras Libres 1 (enero, 1999), p. 6.
[15] Octavio Paz, “Carta a Enrique Krauze”, Letras Libres 1 (enero, 1999), p. 8.
[16] Comunicación personal con Julio Trujillo. El acercamiento no fue sólo deportivo y durante los primeros años publicaron en Letras Libres varios de los escritores asiduos de Nexos, e incluso miembros de la propia revista como Roberto Pliego.
[17] Julio Trujillo,“Busca poeta mexicano Julio Trujillo romper con ‘padres de la poesía’”, El Universal, Cultura (25 de enero, 2003).
[18] Octavio Paz,“La letra y el cetro’”, Plural 13 (octubre, 1972), p. 7.
[19] David Huerta,“Libros y otras cosas. Poesía y narrativa”, El Universal, Cultura (25 de enero, 2003).
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