Bienvenido al sitio web de Anagnórisis. Hoy es el  
Revista Anagnórisis | Ensayo | Homo ensayus o el ensayo como una antropología

ENSAYO

ELOY CALOCA LAFONT




Consultar versión PDF







14-09-2012 | ANAGNÓRISIS #2
Homo ensayus o el ensayo como una antropología
Etiquetas:

Max Scheler, José Luis Gómez-Martínez , Michel de Montaigne , Michel Pêcheux


ILUSTRACIÓN | Francisco Quintanar | De la serie Corpus Iluminatis V, 2006 | Huecograbado, transfer de imagen digital, sellos impresos en papel japonés montado en hoja de cobre dorado y lino-algodón.



Ensayar: preparar una ejecución, hacer una prueba, deambular, anteponer al acto. Adiestrarse, entrenar. Preludiar o explicar. El ensayo es una exploración con fines discursivos; un examen de la realidad. Un ejercicio espontáneo, casi lúdico, donde surgen ideas intermitentes, pero argumentativas, alrededor de un tema. Etimológicamente, ensayar es examinar, del griego exagium. Se entiende como preparar o “desmenuzar”. Se emparenta con términos como exagerar, exigir, exégesis, extracción y hasta expresión. No se trata de un fin, sino de un medio, y no se considera conclusivo, sino abierto e indagatorio. Más que un estilo o escrito, el ensayo es una episteme: una búsqueda del conocimiento. Trasciende la literatura, la retórica, la didáctica o la filosofía, para inmiscuirse en la vida doméstica. Ensayar no es escribir solamente, sino despertar el intelecto a cada instante. Más que hacer, es ser. Más que una perorata, el ensayo es una actitud ante la vida, caracterizado por la reflexión permanente e incisiva sobre cualquier acontecimiento, discurso o símbolo. El ensayista, escriba o no, y comunique sus pensamientos o no, es aquel curioso que se aventura a conocer el mundo.

El complejo ser que llamamos “humano” es, según el antropólogo alemán Max Scheler, una especie de animal imperfecto. A diferencia de otros animales, no obedece al instinto para adaptarse a su entorno, sino que adapta su entorno para definirse a sí mismo. Esta apropiación del espacio –en lo tangible e intangible– se hace por medio de un ensayo, pero no entendiendo el término ni como un escrito ni como una práctica, sino –más bien– como un proceso intelectual. La interconexión de ideas que supone el ensayar, convierte la cosa en símbolo y preserva las significaciones de distintos grupos a través del tiempo. Una cosmogonía, una mitología, una genealogía, una vestimenta, una fábula, un conjunto de ritos, una historiografía y un código moral o de derecho, son ensayos: argumentaciones, al fin y al cabo, fundamentadas por las sociedades y que fundamentan, a su vez, las grandes narrativas sociales.

El ensayo es una antropología. Sin importar sobre lo que trate, y no obstante qué ejemplos o recovecos elija, es una seña de identidad de lo humano y un medio que vincula a la humanidad con su naturaleza. El ser humano es, por definición, un ensayista. No importa si está consciente o no de su potencial ensayístico: elucubra, dice y se desdice. Habla para sí, y ante los demás. Edifica imaginarios, los explica y los destruye. Si en un coloquio de filosofía (o en una cantina) se lanza al aire una simple pregunta, ¿qué es lo que vuelve al ser humano, “humano”?, los ensayos no tardarán en aparecer. Los defensores del racionalismo y de la Ilustración responderán que la especie humana se distingue por su capacidad racional: “hombre que piensa”, homo sapiens. Otros, de tendencia utilitarista o pragmática, verán al hombre como un transformador de la naturaleza: “creador de herramientas”, homo faber. Los kantianos, en cambio, afinarán la respuesta. Dirán que el ser humano se hace notar por su pensamiento crítico: percepción, abstracción, clasificación, imaginación, memoria, situación en tiempo y espacio. Los hegelianos, amantes del arte y de la estética, dirán, no sin cierto romanticismo, que el ser humano es un artífice, capaz de armonizar el entorno con el espíritu. Para los heideggerianos, finalmente, el hombre será el ser ahí (das sein); una especie inquisitiva, consciente de su propia existencia, que cuestiona, modifica y adapta su entorno; moldea su identidad histórica, social e individual. En todas estas respuestas, el ser humano ensaya: analiza y aprende; produce y reproduce. Genera e interpreta signos para comunicarse y conforma una biblioteca metafísica de referentes culturales.

Acorde al psicoanálisis, la especie humana existe simultáneamente en dos niveles: el consciente y el subconsciente. En el primer nivel, decide; da forma al yo. En el segundo, adapta los paradigmas y aprendizajes del entorno. La personalidad, entonces, también es un ensayo: una tarea inacabada que está en permanente construcción o remodelación. Asimismo, las ideologías, religiones, nacionalidades, costumbres, modales, sistemas de creencia, modus vivendi, normativas, el establishment o las convenciones, son ensayos: aparatos lógicos, divagaciones y postulados.

El ensayo puede verse como un esbozo. Así como las culturas, se hibrida, se fragmenta y se reconfigura, encontrándose en constante cambio. Es un fluido amorfo; se manifiesta en el conjunto de preocupaciones que acompañan al café de la mañana, el torrente de ideas mientras se conduce al trabajo, o aquella ocurrencia motivada por cualquier estímulo. El ensayo no es un tratado, ni una investigación, pero tampoco es una línea inconexa. Es, más bien, un sobrevuelo mental. Es el primer asomo, apenas, a cualquier hipótesis, por descabellada o espontánea que ésta parezca. No pretende ser erudito, pero sí interesante, y es por eso que José Luis Gómez-Martínez apunta en su Teoría del ensayo (1992) que se ensaya para convencer, pero primero a uno mismo, y luego a otros. Del ensayo destaca su carácter íntimo, auto-revelador. No puede separarse al ensayo de su ensayista. Como binomio indisociable, el ensayista se deja ver mediante su ensayo, y éste también remite unívocamente a su autor.

Michel de Montaigne en sus Ensayos (1595) destacaba que ensayar es ejercitar el juicio. Pocas cosas son tan humanas como el sacar diferentes variaciones sobre un mismo tema. Al justificar su ensayística, Montaigne decía:

Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de la que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia.

Al ser un proceso espontáneo que no sigue el rigor de una sintaxis particular, como la métrica en la poesía o la tensión en la narrativa, el ensayo puede parecer una especie de ready-made, una improvisación. No obstante, su dificultad emana de su aparente facilidad: al ser la imitación de una conversación, de una reflexión cotidiana, el ensayo es la galería del pensamiento; es siempre el reducto más insípido de un viaje intelectual de proporciones colosales. El ensayo, ya puesto sobre el papel, es ínfimo. No resume todo lo pensado, ni pretende hacerlo. Por ende, el mejor ensayo es el que no se escribe, pues se encuentra en un estado platónico y perfecto. El ejercicio mental es el estado más puro del ensayo: su verdadero ser, inmaculado e inabarcable.

Si se puede hablar, como señala Michel Pêcheux, de un discurso automático en toda expresión humana, puede también hablarse de un ensayo automático. Así como emitimos discurso aun sin quererlo, emitimos ensayo sin proponérnoslo. Somos seres ensayadores, hechos para reflexionar y debatir, “cantinflear” y analizar, saltar de un lugar a otro, explorar todos los universos y no llegar a ninguna conclusión. La multiplicidad de estilos y estados de ánimo puede ser tan prolífica como la cantidad de pensamientos en un día común. Abordamos temas y los retiramos, usamos maletas repletas de ideas; le damos vueltas a argumentos interminables y entablamos debates larguísimos con nosotros mismos. No importa si el tema es tan ambiguo como “las pasadas elecciones presidenciales”. Todo puede convertirse en un buen gatillo para desgajar la cascada argumental. Vemos en cada ensayo, ya sea gráfico, cotidiano, audiovisual o etéreo, lo más humano: la ambigüedad al maquinar, el monólogo interior, la capacidad de manejar varios temas; la simultaneidad, el pensamiento complejo, los sentimientos, la crítica.

Ensayar es reflexionar, incidir, explorar y comprender; construirse y construir, en términos intelectuales; hacerse, ser, humano.¬



COMENTARIOS

COMENTARIOS


AUTOR

ENSAYO


Eloy Caloca Lafont.


OTROS TEXTOS DEL NÚMERO


#2 ENSAYO

ÍNDICE