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Revista Anagnórisis | Literatura mínima | Una rosa para Emily

LITERATURA MÍNIMA

William Faulker | Cuento (Traducción de Ulises Arellano)




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01-06-2012 | ANAGNÓRISIS #1
Una rosa para Emily


ILUSTRACIÓN | Patricia Soriano | Instinto y Presagio XVII, 2011 | Acuarela y lápiz / papel | 30 x 40 cm.


Uno

Cuando la señorita Emily Grierson murió, nuestro pueblo entero fue a su funeral; los hombres a través de una especie de afecto respetuoso por el monumento caído, las mujeres debido a la curiosidad por ver el interior de su casa, que nadie excepto un viejo sirviente –una combinación de jardinero y cocinero– había visto en los últimos diez años.

Era grande, casa de marco cuadrado que alguna vez había sido blanca, decorada con cúpulas y torres y balcones con volutas pertenecientes al frívolo estilo de los años setenta, situada en lo que alguna vez había sido nuestra calle más selecta. Sin embargo, los garajes y las desmotadoras de algodón habían invadido y destruido hasta los augustos nombres de ese barrio; sólo la casa de la señorita Emily se mantuvo, sobreviviendo a esta testaruda y coqueta decadencia por encima de los vagones de algodón y las bombas de gasolina, adefesios en medio de adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los representantes de aquellos augustos nombres que yacían en el cementerio de cedros perplejos alineados entre las tumbas anónimas de los soldados de la Unión y la Confederación caídos en la batalla de Jefferson.

Viva, la señorita Emily había sido una tradición, un deber y un cuidado; una especie de obligación hereditaria en el pueblo que databa de aquel día de 1894 cuando el coronel Sartoris, el alcalde –quien engendró el edicto de que ninguna mujer negra debería aparecer en la calle sin su delantal–, la dispensó del pago de impuestos desde la muerte de su padre hasta la perpetuidad. No es que la señorita Emily hubiera aceptado una caridad. El coronel Sartoris inventó un intrincado cuento en el que el padre de la señorita Emily había prestado dinero al pueblo, por lo que el pueblo, meramente un asunto de negocios, prefería pagar de esta manera. Sólo un hombre de la generación del coronel Sartoris pudo haberlo inventado, y sólo una mujer pudo haberlo creído.

Cuando la siguiente generación, con sus ideas más modernas, se convirtió en alcaldes y regidores, este arreglo creó cierta insatisfacción. A inicio de año le enviaron por correo una notificación de impuestos. Febrero llegó y no hubo respuesta. Le escribieron una carta formal pidiéndole que llamara a la oficina del alguacil cuando le fuera conveniente. Una semana después el propio alcalde le escribió, ofreciéndole enviar un coche por ella, recibió en respuesta una nota escrita en un papel con forma arcaica, de una caligrafía fina y tinta desvanecida, comentando que ella ya no salía por ningún motivo. La notificación de impuestos se adjuntaba sin comentarios.

Se convocó a una reunión extraordinaria de la Junta de Concejales. Una delegación fue por ella, llamó a la puerta por la que ningún visitante había pasado desde que dejó de dar clases de pintura en cerámica hacía ocho o diez años.

Fueron admitidos por el viejo negro a una sala opaca con una escalera ascendente que hacía más sombra aún. Olía a polvo y a desuso –un olor cercano, nocivo. El negro los condujo a la sala. Estaba amueblada con pesados muebles forrados en cuero. Cuando el negro abrió las persianas de una ventana, pudieron ver que el cuero estaba agrietado; cuando se sentaron, un ligero polvo subió pesadamente sobre sus muslos, girando lentamente como motas en el único rayo de sol. En un sucio caballete dorado colocado frente la chimenea había un retrato a lápiz del padre de la señorita Emily.

Ellos se levantaron cuando ella entró; una mujer pequeña, obesa, ataviada de negro, con una delgada cadena de oro que le llegaba hasta la cintura y desaparecía en su cinturón, apoyada en un bastón de ébano con una maltrecha cabeza de oro. Su esqueleto era pequeño y reducido, tal vez por eso lo que habría sido nada más gordura en ella era obesidad. Se veía borrosa, como un cuerpo alargado sumergido en el agua inmóvil, y del mismo tono pálido. Sus ojos, perdidos en las grasientas crestas de la cara, parecían dos pequeños trozos de carbón apresados en una bola de masa cuando se movían de una cara a otra de los visitantes que manifestaron su misión.

Ella no les pidió tomar asiento. Se quedó en la puerta y escuchó en silencio hasta que el portavoz tuvo un tropiezo. Entonces se pudo oír al reloj invisible marcando al final de la cadena de oro.

–Su voz era seca y fría– Yo no tengo impuestos en Jefferson. El coronel Sartoris me lo explicó. Tal vez uno de ustedes pueda tener acceso a los archivos de la ciudad y convencerse ustedes mismos.

–Pero si ya lo hicimos. Nosotros somos las autoridades de la ciudad, señorita Emily. ¿No recibió un aviso del alguacil firmado por él?

–Recibí un documento, sí –dijo la señorita Emily–. Tal vez él mismo se considera el alguacil... No tengo impuestos en Jefferson.

–Pero no hay nada en los libros que lo demuestre, vea. Tenemos que seguir con el…

–Vean al coronel Sartoris. No tengo impuestos en Jefferson.

–Pero, señorita Emily…

–Vean al coronel Sartoris (El coronel Sartoris había muerto hacía casi diez años). No tengo impuestos en Jefferson. ¡Tobe! –el negro apareció– Acompaña a estos caballeros a la salida.

Dos

Entonces ella los venció, a todas luces, tal como había vencido a sus padres treinta años antes por aquel olor. Eso fue dos años después de la muerte de su padre y poco tiempo después de que su novio –el que creía se casaría con ella– la abandonara. Luego de la muerte de su padre salía muy poco, después de que su novio se fue, la gente apenas y la veía. Algunas señoritas tuvieron la temeridad de llamarle, pero no fueron recibidas; el único signo de vida sobre aquel lugar era aquel hombre negro –un hombre joven entonces– que entraba y salía con la cesta del mandado.

–Como si un hombre, cualquier hombre, pudiera mantener una cocina adecuadamente –dijeron las damas, de modo que no se sorprendieron cuando se desarrolló aquel olor. Era otro eslabón entre el grosero mundo físico y los altos y poderosos Griersons.

Una vecina, una mujer, se quejó ante el alcalde, el juez Stevens, de ochenta años.

–Pero, ¿qué quiere que haga yo, señora? –dijo él.

–¿Por qué no envía alguien a detenerle? –dijo la mujer– ¿No hay alguna ley?

–Estoy seguro que no será necesario –dijo el juez Stevens–. Probablemente sea sólo una serpiente o una rata que ese negro mató en el jardín. Hablaré con él al respecto.

Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de un hombre que entró inseguro y temeroso.

–Tenemos que hacer algo al respecto, Juez. Yo sería el último de este mundo en molestar a la señorita Emily, pero tenemos que hacer algo.

Esa noche, la Junta de Concejales se reunió –tres “barbas grises” y un hombre más joven, un miembro de la nueva generación.

–Es bastante simple –dijo él–, envía una orden para que tenga su casa limpia. Dale cierto tiempo para hacerlo y si no…

–Maldita sea, señor –dijo el juez Stevens–, ¿tú acusarías a una señorita en su cara de oler mal?

Así que la noche siguiente, después de la medianoche, cuatro hombres cruzaron el césped de la señorita Emily escabulléndose como ladrones, olfateando la base de los ladrillos y las entradas del sótano, mientras que uno de ellos realizaba un movimiento como sembrando, sacando la mano de un saco colgado a su hombro. Abrieron la puerta del sótano y le rociaron cal, como a los otros edificios del jardín. Cuando cruzaron de nuevo el césped, una ventana oscura, hasta entonces, se iluminó y la señorita Emily se sentó en ella, con la luz detrás de ella y su torso erguido, inmóvil como la de un ídolo. Ellos se arrastraron silenciosamente por entre la hierba hasta las sombras de las algarrobas que se alineaban en la calle. Después de una semana o dos el olor había desaparecido.

Fue entonces cuando la gente comenzó a sentir mucha pena por ella. Las personas de nuestro pueblo, recordaban cómo la vieja señorita Wyatt, su tía abuela, se había vuelto completamente loca al final, creían que los Griersons se consideraban a ellos mismos un poco más encumbrados de lo que realmente eran. Ningún joven fue lo suficientemente bueno para la señorita Emily y los suyos. Habíamos pensado mucho en ellos como una pintura, la señorita Emily como una esbelta figura en un fondo blanco, su padre como silueta desgarbada en primer plano, de espaldas a ella y sosteniendo un látigo, los dos enmarcados por la puerta abierta de la entrada principal. Así que cuando llegó a los treinta y todavía estaba soltera, no estábamos exactamente contentos, sino vengados. Incluso con toda esa locura en su familia, si ella no hubiera rechazado a todos sus pretendientes, algo se hubiera materializado.

Cuando murió su padre se decía que la casa era todo lo que quedaba, y de cierta forma la gente se alegró. Finalmente, podíamos sentir pena por la señorita Emily. Al quedar sola, y pobre, se había humanizado. Ahora ella también conocía el viejo estremecimiento y la vieja desesperación de cada centavo.

El día después de su muerte todas las damas se aprestaron a llamar a la casa para ofrecer sus condolencias y ayuda, como es nuestra costumbre. La señorita Emily les recibió en la puerta, vestida de manera casual y sin alguna huella de tristeza en su rostro. Ella les dijo que su padre no estaba muerto. Lo dijo durante tres días, a los ministros que la llamaban y a los médicos que trataban de persuadirla para que se deshiciera del cuerpo. Justo cuando estaban a punto de recurrir a la ley y la fuerza, ella se vino abajo y ellos enterraron a su padre rápidamente.

No dijimos que estaba loca entonces. Creíamos que tenía que hacer eso. Recordamos a todos los jóvenes que su padre había echado y sabíamos que, sin nada más en la vida, tendría que aferrarse a aquello que le había despojado de todo, como lo hace la gente.

Tres

Estuvo enferma desde hacía mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, tenía el cabello muy corto, haciéndola parecer una niña, con una vaga semejanza a esos ángeles que decoran las ventanas de las iglesias –algo entre trágica y serena.

La ciudad acababa de contratar la pavimentación de las aceras, en ese verano después de la muerte de su padre, comenzaron el trabajo. La empresa constructora vino con aparejadores, mulas, maquinaria y un capataz llamado Homer Barron, un yanqui –un hombre grande, negro, listo, con una gran voz y los ojos más ligero que su rostro. Los niños pequeños le seguían en grupos para escucharlo discutir con los aparejadores y para oír a los aparejadores cantar al ritmo del subir y caer de los picos. Muy pronto todo el pueblo sabía de él. Cada vez que usted escuchaba muchas risas en cualquier lugar alrededor de la plaza, Homer Barron estaba en el centro del grupo. Tiempo después comenzamos a verle a él y a la señorita Emily los domingos por la tarde conduciendo el pequeño coche de ruedas amarillas y corceles bayos de la caballeriza de alquiler.

Al principio nos alegramos de que la señorita Emily sintiera algún interés, ya que todas las damas dijeron:

–Por supuesto, una Grierson no pensaría seriamente en un norteño, en un jornalero.

Pero había otros, personas mayores, que decían que ningún dolor puede causar que una verdadera dama olvide sus “obligaciones de nobleza”, sin llamarlo “obligaciones de nobleza”.

Decían: “Pobre Emily. Su parentela debe venir a verla”. Ella tenía unos familiares en Alabama, pero hace años su padre se había peleado con ellos por la herencia de la vieja señora Wyatt, la loca, y desde entonces no había comunicación entre las dos familias. Ellos ni siquiera se habían presentado al funeral.

Y tan pronto los mayores dijeron: “Pobre Emily”, comenzaron los susurros. “¿Crees que es realmente así?” se decían unos a otros. “Por supuesto que sí. ¿Qué más podría...”

Lo decían tapándose la boca con sus manos; susurros de seda y satín detrás de las persianas cerradas al sol de una tarde de domingo, como aquel fino y rápido clop-clop-clop de los caballos aparejados: “Pobre Emily”.

Ella llevaba la cabeza bien en alto –incluso cuando creíamos que había fracasado. Era como si ella exigiera, más que nunca, el reconocimiento de su dignidad como la última Grierson, como si hubiera deseado un toque terrenal para reafirmar su imperturbabilidad. Al igual que cuando compró veneno para ratas, el arsénico. Eso fue hace más de un año, después de haber comenzado a decir “Pobre Emily”, y mientras dos primas estaban con ella de visita.

–Quiero un poco de veneno –dijo al farmacéutico.

Tenía más de treinta, era una mujer delgada, aun más delgada que de costumbre, con los ojos fríos de un arrogante negro sobre una cara cuya carne se asía duramente a las sienes, con unas cuencas oculares que hacían imaginar el rostro de un vigilante merodeando. “Quiero un poco de veneno”, dijo.

–Sí, señorita Emily. ¿De qué tipo? ¿Para ratas y cosas así? Yo recomen…

–Quiero el mejor que tenga. No me importa de qué tipo sea.

El farmacéutico nombró algunos.

–Estos matarían cualquier cosa incluso un elefante. Pero lo que usted necesita es…

–Arsénico –dijo la señorita Emily– ¿Es ese el mejor?

–¿El arsénico…? Sí, señora. Pero lo que usted desea es...

–Quiero el arsénico.

El farmacéutico la miró de arriba a abajo. Ella le devolvió la mirada, erguida, con la cara tensa como una bandera.

–Porque, por supuesto –dijo el farmacéutico–, si eso es lo que desea. Sin embargo, la ley requiere que usted me diga para qué va a utilizarlo.

La señorita Emily se quedó mirándole con su cabeza inclinada hacia atrás para poder verle a los ojos, hasta que él miró hacia otro lado, fue a buscar el arsénico y lo envolvió. El chico negro de los recados trajo el paquete, el farmacéutico no regresó al mostrador. Cuando ella abrió el paquete en su casa, estaba escrito en la caja, debajo del cráneo y los huesos, “Para las ratas”.

Cuatro

Al día siguiente todos dijimos: “Ella va a suicidarse”, y pensamos que sería lo mejor. Cuando comenzó a ser vista con Homer Barron, dijimos: “Ella se casará con él.” Después dijimos: “Ella aún puede convencerlo”, aunque el propio Homer había recalcado –le gustaba ir con los demás hombres y se sabía que bebía con los más jóvenes en el Club de Elks– que no era un hombre de matrimonio. Más tarde dijimos: “Pobre Emily”, detrás de aquellas persianas mientras pasaba por la tarde del domingo en su pequeño coche. La señorita Emily con la cabeza en alto y Homer Barron con su sombrero tricornio, un cigarro entre los dientes, riendas y látigo en un guante amarillo.

Fue entonces que algunas señoras comenzaron a decir que era una vergüenza para el pueblo y un mal ejemplo para los jóvenes. Los hombres no quieren interferir, pero al fin las damas obligaron al ministro bautista –la familia de la señorita Emily era episcopal– a realizarle una visita. Él jamás divulgó lo ocurrido durante la entrevista, pero se negó a volver nuevamente. El siguiente domingo ellos de nuevo recorrían las calles, al día siguiente la esposa del ministro escribió a la familia de la señorita Emily en Alabama.

Así fue como ella tuvo otra vez familiares bajo su techo y nosotros nos sentamos a ver los acontecimientos. Al principio nada pasó. Entonces estábamos seguros de que iban a casarse. Nos enteramos de que la señorita Emily había estado en la joyería ordenando un juego de baño en plata para varón, con las letras H.B. en cada pieza. Dos días más tarde nos enteramos que había comprado un equipo completo de ropa para hombre, incluyendo una camisa de dormir, y dijimos: “Se han casado”. Nos alegramos en verdad. Nos alegramos porque las dos primas eran más Grierson de lo que la señorita Emily había sido nunca.

Por lo tanto no nos sorprendimos cuando Homer Barron –las calles se habían terminado hacía tiempo– desapareció. Nos quedamos un poco decepcionados de que no habían hecho público nada, pero creíamos que estaba haciendo los preparativos para recibir a la señorita Emily o dándole una oportunidad para deshacerse de sus primas (en ese momento todos formamos una conspiración que ayudaría a la señorita Emily a deshacerse de sus primas). Efectivamente, después de una semana se fueron. Y, como habíamos esperado todo ese tiempo, tres días después Homer Barron estaba de vuelta en el pueblo. Un vecino vio al hombre negro ser admitido por la puerta de la cocina después del anochecer.

Y eso fue lo último que vimos de Homer Barron y de la señorita Emily por algún tiempo. El hombre negro entraba y salía con la cesta de compras, pero la puerta frontal permaneció cerrada. De vez en cuando volvíamos a verla en aquella ventana por un momento, como lo hicieron aquellos hombres de la noche cuando se esparció cal. Pero durante casi seis meses ella no se apareció por las calles. Entonces supimos que era de esperarse, como si esa cualidad del padre de frustrar tantas veces la vida de aquella mujer fuese demasiado virulenta y furiosa para morir.

Cuando vimos de nuevo a la señorita Emily había engordado y su cabello se volvía gris. Durante los siguientes años creció más y más gris hasta que se alcanzó un gris hierro. Hasta el día de su muerte a los setenta y cuatro años que todavía mantenía un vigoroso cabello gris-hierro, como el cabello de un hombre activo.

A partir de ese momento la puerta principal permaneció cerrada, excepto por un período de seis o siete años, cuando tenía unos cuarenta años, durante los cuales dio clases de pintura en porcelana. Ajustó un estudio en una de las habitaciones de abajo, donde las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris fueron enviadas con la misma regularidad y con el mismo espíritu con el que fueron enviadas a la iglesia los domingos, con una moneda de veinticinco centavos para el diezmo. Mientras tanto, se le había exentado de sus impuestos.

Entonces la nueva generación se convirtió en la columna vertebral y el espíritu del pueblo; las alumnas de pintura crecieron, se marcharon y ya no enviaron a sus hijas a ella con sus cajas de colores, aburridos pinceles y recortes de revistas de señoras. La puerta principal se cerró al salir la última y se mantuvo así para siempre. Cuando al pueblo llegó el servicio postal, sólo la señorita Emily se negó a poner el número de metal sobre la puerta y a colocar el buzón de correo. Ella no quiso siquiera escucharles.

Cada día, cada mes, cada año vimos al negro ponerse más canoso y encorvado, entrando y saliendo con la canasta de las compras. Cada diciembre le enviamos una notificación de impuestos, que era devuelta por la oficina de correos una semana después, sin reclamar. De vez en cuando volvíamos a verla en una de las ventanas –evidentemente la planta alta se había cerrado– como un ídolo tallado sobre un nicho, si nos miraba o no nos miraba, nunca podremos saberlo. De este modo pasó generación tras generación –querida, ineludible, impenetrable, tranquila y perversa. Y así murió. Cayó enferma en una casa llena de polvo y sombras, con sólo el decrépito hombre negro que la procuraba. Nosotros no sabíamos que estaba enferma, hacía tiempo que habíamos renunciado a obtener cualquier información del negro. Él nunca habló, posiblemente ni siquiera con ella. Su voz se había vuelto áspera y oxidada, como por falta de uso.

Ella murió en una de las habitaciones de la planta baja, en una gran cama de nogal con una cortina, la cabeza gris apoyada en una almohada amarilla y mohosa por el tiempo y la falta de luz.

Cinco

Las primeras señoras llegaron a la puerta del frente, el viejo negro las hizo pasar, entraron con sus voces chillonas, husmeando con curiosidad; luego el viejo negro desapareció. Recorrió toda la casa y salió por atrás. No se le volvió a ver.

Luego llegaron las dos primas. Hicieron el entierro al segundo día. Todo el pueblo vino a ver a la señorita Emily en medio de un mar de flores. Con el retrato dibujado de su padre cavilando profundamente sobre el ataúd y señoras macabras y hombres viejos –algunos incluso con sus mullidos uniformes de confederados– postrados en la estancia y en el jardín de la señorita Emily, como si hubiera sido contemporánea de ellos, como si hubieran bailado con ella, como si la hubieran cortejado, confundiendo al tiempo con una progresión aritmética, como lo hacen los viejos para quienes el pasado no es un camino que se acorta, sino, por el contrario, es una vereda que se ensancha, jamás tocada por el invierno, separada de ellos por el delgado cuello de botella de la última década de años.

Sabíamos que existía un cuarto en aquella región escaleras arriba que nadie había visto en cuarenta años y que debía ser forzada. Esperamos a que la señorita Emily estuviera decentemente instalada bajo tierra para abrirlo.

La violencia con que se derrumbó la puerta llenó aquel cuarto de un invasor polvo gris. Una delgada capa acre como la de la tumba parecía cubrirlo todo en ese cuarto decorado y amueblado para una boda: cortinas de encaje de un decolorado rosa, lámparas con pantallas rosas, mesa de tocador, una delicada bajilla de cristal y cosas para el aseo de un hombre chapadas de una plata tan manchada que el monograma estaba completamente oscurecido. Entre los accesorios había un cuello y una corbata como recién quitados, y al ser levantados dejaron una pálida luna entre el polvo. Sobre una silla colgaba el traje; doblado cuidadosamente, bajo él se encontraban unos zapatos mudos y unos calcetines tirados.

El hombre mismo estaba acostado sobre la cama.

Durante un momento nos quedamos simplemente ahí, mirando la profunda sonrisa descarnada. El cuerpo parecía que en otros tiempos se encontraba en una posición como de abrazo, pero ahora el largo sueño, que dura más que el amor, que incluso vence los gestos del amor le había puesto unos cuernos.

Lo que quedaba de él, podrido bajo lo que quedaba de la camisa de dormir, se había convertido en parte de la cama sobre la que yacía y sobre la cama, a su lado, una almohada por la que se extendía ese liso y paciente revestimiento del polvo que espera.

Entonces nos dimos cuenta que sobre esa segunda almohada había un hueco provocado por una cabeza. Uno de nosotros levantó algo de ella y, al inclinarnos hacia adelante, sintiendo en nuestras narices ese seco y acre; ese sutil e invisible polvo, vimos un largo mechón de pelo gris hierro.¬



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