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Revista Anagnórisis | Literatura mínima | La banda de los enanos calvos

LITERATURA MÍNIMA

Agustín Monsreal




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Con el permiso del autor, reproducimos la siguiente selección de textos tomados del libro homónimo (La banda de los enanos calvos, Lecturas mexicanas, 1987).






01-06-2012 | ANAGNÓRISIS #1
La banda de los enanos calvos
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Mercedes Oliver, Augusto Monterroso, Quevedo, Swift, Bierce, Mark Twain, Macedonio Fernández, Borges, James Joyce, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Julieta Campos, Julio Torri, Efrén Hernández, Juan Carlos Onetti, Germán Castillo, Riccardo Diaz-muñoz, Abel Minni, Kafka, Cervantes, Catulo, Goethe, Bloy, Thoreau, Sor Juana, Anónimo, Lui Méme


ILUSTRACIÓN | Patricia Soriano | Instinto y Presagio XIV, 2011 (fragmento) | Acuarela y lápiz / papel | 40 x 40 cm

El que recibe las bofetadas



Lo peor y lo mejor de ser un obrero de la pasión, es que los frutos dolorosos de tu poca o mucha inteligencia son tu único, tu verdadero salario.

Mercedes Oliver


–Oye, ¿y tú a qué te dedicas?

–Soy escritor.

–Sí, sí, ya sé que eres escritor, pero ¿en qué trabajas? ¿De qué vives?

Ah. De milagro, la mayoría de las veces. Y las menos de escribir, por ejemplo: discursos políticos, horóscopos y recetas de cocina, guiones para fotonovelas, entrevistas con el futbolista de la semana, monografías, hagiografías, textos publicitarios, anuarios de psiquiatría, manuales de erotismo científico. Y también, cuando el hambre aprieta más de la cuenta o cuando necesita uno fingir ante los suegros o frente a los acreedores que está dispuesto a sentar cabeza, se sobrevive encallando en el papel de profesor de arte dramático, o de oficinista de cuarta, o de cajero en alguna tesorería, o de ejecutivo junior en cualquier trasnacional, en fin, de lo que disponga la necesidad.

Ahí está. Con razón la tía Genoveva me recomendaba que mejor me dedicara a otra cosa. Para no morirme de anemia, me decía, para que seas una gente de provecho. Pero como la tía Genoveva tiena fama de ser una gran humorista, nunca la tomé en serio. De ahí que cuando me insinuó que me convenía casarme con la Mulish, una muchacha más adinerada que bonita, lo primero que hice fue salir huyendo.

Mi papá, en cuanto supo mi decisión de ser escritor, me mando desheredar de inmediato y aún no deja de pelearse con la vida por haberle dado un hijo idiota. Mi mamá, por su parte, se apuró a puntualizar que ella no tenía la culpa, y que estaba dispuesta a probar que en su familia había habido siempre pura gente decente. Su enfado conmigo fue tan definitivo que, hasta la fecha, todas las cartas que me envían inevitablemente vienen en blanco, para manifestarme su repudio por las letras.

Así, con el tiempo, uno se convierte en una especie de extranjero en el mundo. Y por más que aprende a esquivar los topes de las críticas y de las exigencias, nunca falta un reclamo, una ironía, una humillación que no acabe encajándose aquí, justo entre hígado y duodeno. Por ejemplo: mi primera ex esposa, cuando el amor de la noche anterior había dejado que desear, en cuanto salía de la cama me amenazaba: O te pones a trabajar en serio o me largo de esta casa. Nos abandonó al niño y a mí poco después, claro. Y los amigos de ayer y de hoy, siempre dispuestos a invitar una copa pero jamás a comer, ineludiblemente se ponen paternalistas y amagan prometiendo: No te preocupes, te voy a conseguir un trabajo en forma, como debe ser. Y los parientes (los que todavía soportan la vergüenza de hablarme, por supuesto): Oye, ¿y por qué en vez de escribir no trabajas de verdad?

Todo lo cual, en realidad, quiere decir: ¿Por qué no te dedicas a ganar dinero? El dinero mueve al mundo, mijito. Con dinero baila el perro, mi hermano. Dime cuánto tienes y te diré cuánto te amo, corazoncito. Pero uno nada que entiende y ahí sigue, montado a pelo en su vocación, estropeándose los riñones, picando piedra con la cabeza estrujando el cerebro hasta hacerlo sudar la camiseta. Siempre fuiste terco como un mulo, desde chiquito, recuerda la tía Genoveva que no me perdona el haber dejado escapar la fortuna de la Mulish, que a su vez tampoco me perdona, pero por otras más íntimas razones.

Lo curioso de todo esto que platico es que, si al cabo de los años consigue uno publicar algún libro, la mayoría de dichos personajes, o sea, los parientes, los amigos y aun los meros conocidos, se sienten con derecho a exigir: Me lo tienes que regalar ¿eh? Aunque ellos, cada quien en lo suyo, nunca regalan lo del alquiler de la casa, ni lo de la consulta, ni lo de las medicinas, ni lo de la ropa, ni lo de la comida, ni lo de la colegiatura ni lo de nada. Uno, en cambio, sí tiene la obligación de regalar el producto de su trabajo, porque da la casualidad que nadie –o casi nadie– considera que escribir una novela, un cuento, un poema, sea justamente eso: trabajo.

Idealismos aparte, yo sé que al decir esta pobre suma de calamidades insustanciales, lo único que gano es ser tachado de egoista, de soberbio, de mezquino incurable. Pero qué le vamos a hacer, hoy me amanecí con el sentimiento puesto del lado contrario. O a lo mejor me puse tan derrochador de quejumbres a causa de este ron triste que empecé a beber por la tarde. Es posible. Sin duda eso es. Buenas noches. (Perdón, buenos días). (Acércate otro poco, mi amor: sí, ya sé que no son horas de venir a fastidiar, pero…)

De cómo conocí y traté con Monterroso

Dicen que a los escritores hay que leerlos y no tratar de conocerlos jamás. Estoy de acuerdo. No suelen ser gente muy simpática, que digamos. Siempre es más agradable ser amigo de un político encumbrado, de un banquero, de un gran industrial. Y es más facil, claro. Sin embargo hay amantes de la literatura, y amantes a secas, cuya pasión por las causas perdidas los lleva no sólo a leer, lo que de por sí ya es bastante ocioso, sino encima a pretender la amistad de quienes escriben, lo que además de ocioso es extravagante y aproximadamente tonto.

Por mi parte, yo hubiera preferido unirme a los filisteos, pero un día, hace ya muchos años, quise ser escritor satírico y, en vez de irme a los cocteles a observar el comportamiento del género humano, me fui a meter en un taller literario dirigido en aquél entonces por Tito Monterroso. Les juro a ustedes que yo no había leído ni tenía la menor idea de quién era Augusto Monterroso (ignorancia que me avergüenza tanto como el ser autodidacto). Yo pensé, aunque no sé si esto es mucho decir, que como es costumbre de nuestra vida artística nacional, el taller debía de estar dirigido por un licenciado, o por un doctor en ginecología, o con un ingeniero con influencias en el gobierno. Grande fue mi sorpresa, y mi desencanto, al enterarme que se trataba de un escritor. Y más grande todavía mi asombro cuando me di cuenta de que aquel señor, al contrario de otros escritores que había yo conocido antes, tenía ideas, y que no sólo las tenía, sino que eran propias.

A pesar de esto, ignoro si por masoquismo o debido a cierta rubia que formaba parte del grupo, decidí quedarme. Y entonces Tito, con toda paciencia, con toda humildad y generosidad, con toda sabiduría, se dedicó a abrirle los ojos a nuestra inconciencia, a bajarle los humos a esa clásica soberbia de la juventud de que hacíamos gala, a demostrarnos, con razonamientos precisos y con esa su suavidad categórica, que estaba bien, pero que las cosas no son tan simples. Y como todo es relativo aprendimos –al menos eso creo– una serie de cosas inútiles que no obstante todo lo que nos perjudicaron creo que hasta la fecha nos siguen siendo sustanciales. Por ejemplo, a usar la preposición a; a buscar, aunque no siempre lo encuentra uno y por eso el texto se queda guardado en el cajón cada vez más lleno de los textos acabados durante meses, el adjetivo insustituible, el verbo incanjeable, el advervio justo. Otra cosa: el desdén por la prisa: si quieres ser escritor trata de ser como la tortuga, no como Aquiles. Otra más: a la literatura, como a cualquier otra sirena cantarina, hay que escucharla sólo durante un tiempo más o menos discreto, después poseerla ingeniosamente y más después, al igual que Ulises el cobarde, huir de ella. Y así cada vez y siempre.

En lo particular, aparte de todo esto, que no es mucho ni es poco, es bastante, como diría Sabines, le debo a Monterroso tres cosas impagables que nunca dejaré de reprocharle: una, su amistad; dos, que me dio a conocer y de paso me enseñó a leerlos, a Quevedo, a Swift, a Bierce, a Mark Twain, a Macedonio Fernández, a Borges, a James Joyce –a Edgar Allan Poe y a Horacio Quiroga, por ejemplo, ya me los había presentado Julieta Campos, y a Julio Torri, Efrén Hernández y Juan Carlos Onetti no me los presentó nadie, los descubrí yo solo junto con mis amigos Germán Castillo, Riccardo Diaz-muñoz y Abel Minni–.

(Entre paréntesis, y a propósito de Joyce, recuerdo que al final de una de las primeras sesiones, Tito nos dijo que para el próximo miércoles leyéramos el Ulises. Y ahí me tienen primero consiguiéndolo, luego comprando un libro que para mis posibilidades económicas –de entonces y de ahora– resultaba más oneroso que un ramo de flores en día de las madres, y por último leyendo como un poseído durante todo el día y toda la noche de varios días y varias noches, con riesgo evidente de volverme loco y de quedarme sin mujer. Cuando el próximo miércoles admití que sólo pude llegar a la página 317, Tito me miró sorprendido y me preguntó: “¿Tanto?” Su gesto entre risueño y admirado me hizo sentir miedo estúpido. “Es que usted nos dijo que lo leyéramos.” “¿Y usted lo creyó?” Entonces me sentí estúpido completo, y él, sospecho que renegando de que todo el mundo lo tome en serio cuando hace una broma, me ofreció una disculpa y pasó a explicarme, de una manera deliciosa, profunda e inobjetable qué es y cómo hay que leer el Ulises. Respecto de su broma, supongo que quería únicamente advertirme acerca de lo absurdo y lo inconsciente que es ese tipo de maestro que de una a otra clase exige a sus alumnos leer el Quijote, pongamos por caso, de seguro porque él nunca lo ha leído ni llegará a leerlo jamás).

Pero bueno, la tercera cosa que le debo a Monterroso es que escasamente cuatro meses después de haberme iniciado con él en el taller, y después de que leí un cuento que a mi y mujer y a mí nos gustaba mucho porque me lo premiaron en un concurso, y que a mis amigos y a sus esposas no les gustaba nada, por lo mismo, Tito me dijo que lo que se puede aprender en un taller, esto es, a poner puntos y comas, yo ya lo había aprendido, y que mejor me dedicara a trabajar solo, y que tratara de convertir mis defectos en virtudes. Eso no quería decir que dejábamos de ser amigos, por el contrario, cada que fuese posible nos reuniríamos para tomar una cerveza y platicar de literatura, de mujeres… más o menos igual que cuando las mujeres se reúnen para hablar de la servidumbre, de las telenovelas, de las demás mujeres…

Así lo hicimos. Y desde entonces, como soy un cuervo bien criado y suelo identificarme más con la Pulga que con el viejo Zorro, “cuando el insomnio no me deja dormir como ahora y leo, hago un paréntesis en la lectura, pienso en mi oficio de escritor y, viendo largamente el techo, por breves instantes imagino que soy, o que podría serlo si me lo propusiera con seriedad desde mañana, como Kafka (claro que sin su existencia miserable), o como Joyce (sin su vida llena de trabajos para subsistir con dignidad), o como Cervantes (sin los inconvenientes de la pobreza), o como Catulo (aun en contra, o quizá por ello mismo, de su afición a sufrir por las mujeres), o como Swift (sin la amenaza de la locura), o como Goethe (sin su triste destino de ganarse la vida en Palacio), o como Bloy (a pesar de su decidida inclinación a sacrificarse por las putas), o como Thoreau (a pesar de nada), o como Sor Juana (a pesar de todo); nunca Anónimo; siempre Lui Méme, el colmo de los colmos de cualquier gloria terrestre”.

Sí, Monterroso “nos ha enseñado mucho: todo un mundo de literatura, y tras de ese mundo, otros, de rigor, de imaginación”. Pero hay que andarse con cuidado, a un escritor de genio como Augusto Monterroso no se le puede conocer y menos leer impunemente: hay en él “una parte maléfica: su propio brillo; es tan él que imitarlo es facil, y muchos han caído en su trampa”.¬



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