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Revista Anagnórisis | Literatura mínima | Consideraciones sobre la brevedad en la poesía

LITERATURA MÍNIMA

Diego José




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En esta conferencia inédita, el poeta Diego José ensaya sobre los orígenes y la importancia de la brevedad en la tradición poética mexicana.






01-06-2012 | ANAGNÓRISIS #1
Consideraciones sobre la brevedad en la poesía
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Monsiváis, Tablada, José Gorostiza, Octavio Paz, Efraín Huerta, José Luis Rivas, López Velarde, Edgar Allan Poe, Eduardo Lizade, César, Héctor Carreto, Juan Domingo Argüelles, Licinio, Makoto Ooka, Carmen Leñero, Moisés, Paul Valéry, Kuki Shûzô


ILUSTRACIÓN | Patricia Soriano | De la serie Sociedades contemporáneas VII, 2011 | Óleo / madera | 40 x 40 cm.

Aun cuando nuestros poetas suelen atreverse al ejercicio de la concisión extrema, en la poesía mexicana es común privilegiar el poema largo sobre las formas breves. Tablada es un caso aparte, por ejemplo, Monsiváis dice que su aportación fue anunciar “la brevedad en una literatura de extensión y fárrago”. Sin embargo, a Tablada se le recuerda como una excentricidad, un origami. José Gorostiza escribió una mínima serie titulada Dibujos sobre un puerto que incluye aquel hallazgo de un solo verso titulado El faro:

Rubio pastor de barcas pescadoras.

Pero, sin duda, será recordado y leído por Muerte sin fin. En otra serie, Luciérnagas, Gorostiza da cuenta de la influencia de Tablada y de la proximidad del Oriente lejano en el espíritu de nuestras lindes poéticas:

Pobre de mí, borracho.
Li-Po desandará conmigo
las acuarelas malvas del crepúsculo,
y desde las colinas taciturnas
haremos de luciérnagas perdidas,
con los faroles de papel al hombro.

La obra poética de Octavio Paz inicia con un poema de cinco versos, Tu nombre:

Nace de mí, de mi sombra,
amanece por mi piel,
alba de luz somnolienta.

Paloma brava tu nombre,
tímida sobre mi hombro.

Y aunque frecuentó en distintos periodos la brevedad –como aquella inolvidable sección Piedras sueltas de Libertad bajo palabra–, trascendió por sus poemas mayores: Piedra de sol, Blanco y Pasado en claro.

A Efraín Huerta se le debe un agradable conjunto de sentencias poéticas que ensalza el ingenio intelectual bajo el afortunado rubro de Poemínimos, los cuales comúnmente son recibidos como meras ocurrencias y que muchos, ciertamente, lo son; pero otros nos sorprenden por su pertinaz sabiduría, como el siguiente proverbio que bueno es tomar en consideración:

No por
Mucho
Publicar
Te consagras
Más
Temprano

Ya en la segunda década del siglo XX, José Luis Rivas se dejó seducir por las formas breves, después de haber explorado en Tierra nativa (1982) el canto prolongado; en Relámpago la muerte (1985) trabaja la miniatura que contempla el tono subjetivista del haiku:

Del capullo del sueño
brotas al mediodía
intacta flor en ámbar

El poeta veracruzano, también practicó la concisión en La transparencia del deseo, un libro con ecos evidentemente pacianos y que en 1986 le valió el Premio Aguascalientes, pero que hoy se cita poco entre su bibliografía. Sin embargo, posee trazos claros y delicados vuelos que revelan la intimidad de su poesía:

En lo alto del cerro
                         soledad
junto a la limonaria
otra vez te desnudas

y el ojo de agua
guarda el claror de otra mirada

Por lo tanto, aunque existen ejemplos interesantes e intensos, las formas breves han sido frecuentadas en la poesía mexicana de manera irregular y con menor formalidad que el poema de largo aliento.

Vuelvo a Tablada para descubrirlo, más allá del estereotipo vanguardista que se le atribuye, bajo una perspectiva menos experimental pero más profunda. En 1919, el autor de Li-Po y otros poemas declaró en una carta pública dirigida a López Velarde su principal inquietud poética:

Mi preocupación actual es la síntesis, en primer lugar porque sólo sintetizando creo poder expresar la vida moderna en su dinamismo y en su multiplicidad; en segundo, porque para subir más, en llegando a ciertas regiones, hay que arrojar lastre.

Esta última observación sirve para distinguir el poema breve frente a las ocurrencias fáciles. Repito: “porque para subir más, en llegando a ciertas regiones, hay que arrojar lastre”. Desde dicha perspectiva, entiendo la brevedad en la poesía como un rechazo a lo discursivo y como un esfuerzo por decantar el lenguaje y la forma a fin de alcanzar la expresión esencial de una emoción, una idea, un deslumbramiento, una impresión, una inquietud, una revelación. Otro argumento se encuentra en La filosofía de la composición de Edgar Allan Poe, quien explica la importancia que tiene el conservar “la unidad de la impresión” en un poema extenso: “Lo que llamamos un poema largo no es otra cosa que una sucesión de poemas cortos –esto es, de efectos poéticos breves–”. Asunto que justifica la idea del poemario como una sucesión integral de instantes que se comunican por el tono, la temática, la intencionalidad, la estructura o la técnica.

Entre las formas breves que los poetas mexicanos prefieren se encuentran el epigrama y el haiku. Dos formas distintas y, en principio, distantes. El epigrama es de herencia clásica y el haiku –para nosotros– moderna. En el primero, los versos devienen dardos prestos a herir al orgullo y a la vanidad: su naturaleza es la ironía. El segundo busca concentrar en una combinación mínima de palabras una percepción íntima del universo; su origen es contemplativo.

El epigrama fue originalmente la inscripción en un pedestal, efigie, o tumba, pero que devino, según la RAE en una “composición poética breve en que con precisión y agudeza se expresa un solo pensamiento principal, por lo común festivo o satírico”. Nuestra poesía contemporánea goza de notables esgrimistas del verso satírico en continua conversación con los tópicos latinos, para muestra al menos estos tres ejemplos. Uno de Eduardo Lizade:

César, no tiembles,
sólo existe una cosa
peor para ti
que mi desprecio,
y es el sincero amor
de aquellos que te sirven.

El segundo de Héctor Carreto:

Cómo se indignó el Senado
cuando irrumpió el caballo del César
y ocupó una curul.

Tenían razón: un corcel
no cabe en un establo de asnos.

Y otro de Juan Domingo Argüelles:

Puedes, Licinio, mis versos desdeñar
porque los tuyos deleitan al Poder
y a sus secuaces.

Yo no anhelo, Licinio, tal homenaje.
Lo que escribo lo leen las personas
no lo aplauden nunca los animales.

De acuerdo a la lírica clásica japonesa, el haiku es una estructura de tres versos con una regularidad versal de 5, 7 y 5 sílabas, cuya condición es proponer mediante la visión del paisaje una mirada hacia el interior. Dicha transposición poética permite al lector recorrer distintos niveles de contemplación. Aunque los motivos poéticos han variado con el tiempo, se trata, principalmente de una poesía estacional que utiliza la sucesión como metáfora de cualquier fenómeno físico, psíquico, existencial y poético. La esencia del haiku está en su sensibilidad, un sentir que no es sólo sensación ni intelección, sino el puente donde se encuentran ambas funciones. La técnica del haiku se sirve de la sugerencia para incidir en la imaginación a través de la virtualidad de la homofonía y la homonimia. Makoto Ooka explica en su ensayo La poesía del paisaje que:

La estructura fonética de la lengua japonesa, basada en combinaciones muy simples de consonantes y vocales que crean un número importante de homónimos, ha favorecido grandemente el desarrollo de tales procedimientos, dando así nacimiento a los kakekotoba, “palabras-pivotes”, y aun a los engo, “palabras en eco”, utilizadas de manera original en la poesía japonesa, a fin de aumentar su poder expresivo.

Como es natural, la asimilación de esta poética en nuestro idioma es imposible desde su estructura formal; en cambio, la escritura del haiku en español recurre al valor connotativo del lenguaje para reproducir sus efectos simbólicos, es decir, en lugar de servirse de “palabras-pivotes”, utiliza “palabras-hilo” que sirven para tramar con pocos conceptos un paisaje, tanto exterior como interior, donde se hilvana una metáfora. Por ejemplo, donde digo “río” también estoy diciendo “tiempo”, “cambio”, “vida”, “movimiento”, “devenir”, “viaje”; como sucede en el siguiente poema de Carmen Leñero:

He vivido
todo el tiempo
en las márgenes de un río.

El lector es quien conforma en su interior la imagen que el poema le sugiere, en esto coinciden ambas poéticas, la poesía clásica de Japón y nuestra versión moderna del haiku.

El libro Río (2008) de Carmen Leñero, se aproxima al haiku sin someterse a su rigor estructural, es decir, se apropia del espíritu poético pero explora variantes métricas que le permiten mayor libertad expresiva.

Río sugiere distintas lecturas para surcar sus afluentes, para viajar hacia dentro del libro donde es posible sentir, no sólo con los sentidos sino con el pensamiento, la emoción, el carácter y el espíritu. Crea metáforas y revela un conocimiento poético, tanto de la naturaleza como del individuo. Río es un muestrario interesante de la esencia poética del haiku pues lleva al lector de la miniatura paisajista (Centrífuga danza / de mosquitos / en un rizo del arroyo) al descubrimiento poético (Tocado por la luz / todo río / da alguna respuesta), sin dejar fuera el humor penetrante y grandilocuente (¡Qué libertad, / si la cesta de Moisés / se hubiera hundido entre las aguas!).

La expresión silenciosa es el rasgo más sobresaliente del haiku tradicional, esa parte no dicha cuya resonancia sólo hace eco en la conciencia del lector, por esta razón, prefiero los poemas de Carmen Leñero en que sólo sucede y sólo se dice lo poético:

Ay, el mismo río,
el mismo pie,
el mismo olvido.

Particularmente, este poema es un hallazgo de Carmen Leñero porque aquello que calla está contenido en lo que sugiere cada verso: ¿el poema habla de la memoria, del viaje que es la vida y que comienza a cada paso, de cuanto extraviamos en el tiempo, de la sutil imagen de un pie que se sumerge en el agua?, la revelación es para el lector atento, intuitivo, perspicaz y dispuesto a recibir el alimento poético. Los tres versos de este poema consignan, además, un aspecto formal de la escritura clásica del haiku: “la ausencia de sujeto expresado” (según Makoto Ooka) y la eliminación del verbo a fin de producir un efecto de suspensión poética.

Otro ejemplo interesante de Carmen Leñero:

Al menos
un río inmortal:
el de mi cabello.

Junto la sugerente melodía interna, encuentro un atinado enigma: ¿por qué es inmortal el cabello?, porque sigue creciendo después de la muerte; y ¿por qué ‘al menos’ ese río del cabello es inmortal?, porque el río de la vida parece no serlo.

Existen otras formas breves –incluso híbridas– que llaman la atención: el verso insólito suspendido en el silencio de la página, pero que es capaz de llenar ese vacío –no confundir con el aforismo que pertenece a la prosa–; algunos cuartetos o sextetos dispersos por ahí de influencia clásica o china; el poema fragmentario cuya resonancia melódica o semántica produce un efecto expansivo, como sucede en el poema Aquí de Octavio Paz:

Mis pasos en esta calle
resuenan
         en otra calle
donde
         oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde

sólo es real la niebla

De nueva cuenta me encuentro con José Gorostiza, el poema Pausas I me brinda una grata sorpresa:

¡El mar, el mar!
Dentro de mí lo siento.
Ya sólo de pensar
en él, tan mío,
tiene un sabor de sal mi pensamiento.

Junto a la cercanía estilística de Paul Valéry, encuentro la construcción de una forma versal precisa que asocia el trazo poético de Oriente (la combinación de 5 y 7 sílabas, aunado a cierto impresionismo) con la decantación lírica de la tradición castellana (el endecasílabo que remata, en comunión con los heptasílabos, tan de nuestra lengua, así como el tono nostálgico dan cuenta de ello).

Se dice que el poema nace del movimiento generado por la contención y el desbordamiento expresivo. Un cántico de mayor aliento, cuando produce una rica variedad de efectos poéticos y cuando a cada verso y en cada estrofa tiene algo que ofrecer, se agradece y se celebra; pero también, hace falta la sencilla dificultad de la escritura breve. Dice Kuki Shûzô en su ensayo La expresión del infinito en el arte japonés que “El poeta es un hombre que sabe guardar silencio, un silencio más elocuente que la elocuencia”. El poeta que explora con ahínco las formas breves, sabe que su apuesta es alcanzar la belleza y la verdad en aquello que apenas se dice, y lo hace casi siempre en las márgenes silenciosas del río de nuestra poesía.¬



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ENSAYO


Diego José.


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